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jueves, 2 de abril de 2009

A PROPÓSITO DEL DÍA DEL ABOGADO EN EL PERU


Q:.H:. José Luis Silva Cueva
Gr:. Sec:.
Muy Respetable Gran Logia del Norte del Perú

En mérito a lo dispuesto en la Resolución Suprema del 14.MAR.1952 y que posteriormente se elevó a Ley N° 23248, se celebra el Día del Abogado, el 2 de abril de cada año, en recuerdo del nacimiento ocurrido en 1834, en la ciudad de Arequipa, de uno de los más distinguidos juristas peruanos Francisco García Calderón.

Ese mundo atraviesa hoy una histórica encrucijada, una encrucijada en la que los juristas en general, y los abogados en particular, estamos obligados a adoptar, una vez más, una actitud resuelta en la defensa del Estado de Derecho, y del Estado de Derecho no entendido como una mera construcción formal, como un bello artificio técnico, sino del Estado en el que el ejercicio de los derechos y libertades fundamentales se encuentra, por definición, permanentemente sometido a examen.

En Ya eres un enemigo de la Constitución, una novela que hace casi dos decenios constituyó una verdadera revelación para la literatura germánica, el joven escritor Peter Schneider ideó un supuesto formal sumamente original: un funcionario público alemán, concretamente un maestro, acusado de transgredir el orden constitucional, se dirige por escrito a su abogado reiteradamente. Se trata de un monólogo epistolar en el que resuenan, y con suma crudeza, algunas de las incógnitas que algunos de nuestros conciudadanos albergan aún en torno a nuestra profesión.

“Me he enterado de que uno de sus colegas, en un proceso judicial, defiende a un aspirante rechazado a un cargo y en otro a las autoridades que lo rechazan. Lo hace, según me han informado, porque en cada uno de los pleitos le interesa un aspecto diferente del derecho administrativo. Sencillamente, tiene la ambición deportiva de ganar el juego, sin importarle de qué parte esté, como un futbolista que, de un día al otro, pone su experiencia y su espíritu combativo a disposición del club contrario, si se le paga lo bastante. Me temo que para comprar su espíritu combativo carezco de dinero suficiente. Y dado que, en lo que a mí respecta, no se trata de un juego, deseo tener la sensación de que por lo menos mi abogado esté convencido de mi inocencia (aunque quizá no se me haga justicia)”.

Apenas unos años después Justicia, una de las mejores novelas de Friedrich Dürrenmantt, posteriormente llevada al cine, traza una auténtica parábola de los desafíos del abogado finisecular, obligado a desenvolverse en un escenario profesional complejo y, lo que resulta más difícil, dentro de un universo moral incierto, en donde algo aún tan evidente como un asesinato cometido en un restaurante ante decenas de testigos se convierte en un artificio asistido de manera inerme por el derecho, cómplice involuntario del falseamiento de la realidad. Yo no comparto el planteamiento fatalista del escritor suizo, particularmente presente en algunos de los fragmentos finales de la novela, pero no puedo dejar de inquietarme ante la desorientación e inconsecuencia que acompañan al hombre contemporáneo, diría que particularmente en su relación con el mundo del derecho.

Pudiera tratarse de una paradoja, pero yo pienso que aquí reside precisamente uno de los grandes motivos para nuestra esperanza. Los ciudadanos esperan mucho de nosotros; más que eso: lo esperan todo. Y lo esperan por la ejemplar dedicación de nuestros antecesores en la profesión, y con ella en el compromiso cívico, en la vocación de servicio, en la entrega a la idea de justicia y de defensa del imperio de la ley. La responsabilidad la tienen los históricos defensores de la necesidad de proporcionar al ciudadano soporte legal a sus derechos y expectativas, y con ellos de su inserción en un universo de civilización y racionalidad. Fueron, desde luego:

SÓCRATES
Un primer escenario secular en el que el abogado de la antigüedad adopta una dimensión protagónica es el concerniente al juicio de SÓCRATES. Se trata de un supuesto verdaderamente excepcional por las muy singulares circunstancias que concurren en el personaje, en la acusación, y en el proceso, un proceso en el que el propio pensador ateniense decide asumir su defensa. Por su resultado –la condena a muerte- nos proporciona este proceso una lección nunca bien aprendida. El abogado no es buen defensor de sí mismo.
CICERÓN
Marco Tulio CICERÓN, uno de los genuinos fundadores de nuestra profesión. Roma aporta algo muy relevante al adecuado desenvolvimiento profesional de la abogacía: la honda percepción de la necesidad de que los abogados puedan ejercer su función desde su propia cohesión interna, y la consiguiente cristalización de organizaciones profesionales destinadas a regular su itinerario profesional dentro de una concreta esfera deontológico, y en el marco de la naturaleza institucional de sus funciones. Las Corporaciones o Colegios de Abogados existentes ya en la época de Constantino, según se desprende de una Constitución del año 329, evolucionaron con relativa rapidez en Roma y cobraron allí un enorme prestigio. Así se refleja en una Constitución del Código de Justiniano, al referirse a los miembros de las Corporaciones, en la que los Emperadores León y Antemio –que hablan en un rescripto de la matrícula del Foro de Alejandría, que era restringida- manifiesta a Callicratus, Prefecto del Pretorio en Illiria: “Estimamos que quienes llevan el escudo y la coraza no son los únicos que combaten por nuestro Imperio; también los abogados lo hacen con denuedo, porque ellos con su voz altiva defienden la esperanza, la vida y la posteridad de quienes sufren”.
TOMÁS MORO
Uno de los momentos centrales del debate acerca de la naturaleza política y jurídica de las elaciones entre el individuo y el Estado está protagonizado por uno de los más extraordinarios juristas y hombres públicos de la historia, Tomás Moro, que ha sido considerado por la Iglesia Católica como el prototipo del servidor público y del sentido de la suprema lealtad a las propias creencias y elevado a la Santidad. El proceso contra Moro, reconstruido por Fred ZINNEMANN en Un hombre para la eternidad, en donde el trabajo de Paul SCOFIELD, incorpora de una manera modélica al gran humanista, en realidad se sustentaba sobre una acusación artificial, toda vez que el acusado no dejaba de admitir la autoridad del rey en el plano temporal. De nuevo se trataba de una farsa, en donde se falsificaban pruebas y testimonios a cambio de favores y prebendas, y en donde el acusado carecía de cualquier garantía y, de nuevo, de una auténtica asistencia letrada. Lo importante es que habría de tratarse de, probablemente, uno de los más típicos de entre los numerosos procesos entablados a lo largo de la historia contra la libertad de conciencia, un requisito esencial en el ejercicio de la abogacía, y una condición esencial del compromiso público del profesional del derecho[1]
EDWARD COKE
Una muy significativa parte de la progresiva consolidación de las libertades individuales como fundamento de un sistema digno de la denominación de “constitucional” deba atribuirse a la portentosa figura de Edward COKE, siempre evocado como rival de Francis BACON, y quizás menos como modelador del sistema de la common law en su acepción vigente. Es cierto que la tradición política inglesa, desde la Magna Charta hasta la definitiva promulgación de la Petition of Rights, se posiciona decididamente a favor del establecimiento por instaurar el principio del debido proceso conforme a ley, desde entonces presente en el pensamiento anglosajón, y como tal recogido en las enmiendas quinta y decimocuarta a la Constitución federal estadounidense.
VOLTAIRE
Probablemente merece un detenimiento singular el proceso seguido contra la familia Calas a lo largo del segundo tercio de aquel siglo XVIII.

El “proceso Calas” es, sin duda, uno de los hitos centrales de la literatura condenatoria de los fundamentos y las políticas características del Antiguo Régimen, y concluiría por convertirse en uno de los más rotundos testimonios del enrocamiento de la Monarquía absoluta en el campo vacío de la arbitrariedad, la implacabilidad de sus instancias, y una casi proverbial falta de compasión y de humanidad de sus más significativos representantes.

Jean CALAS era un hugonote de Toulouse que, el otoño de 1761, encontró a su hijo, Marc-Antoine, colgado en su propia casa. Para evitar que la ignominia recayera sobre el suicida, la familia decidió tratar de convertir su trágico final en un accidente. Sin embargo, el pueblo de Toulouse maduró su propia versión del suceso: el joven había sido asesinado por su propia familia a causa de su conversión al catolicismo. Los Calas fueron detenidos, mientras se oficiaba el funeral católico del finado y, tras ser sometidos a una bárbara tortura, y a un juicio en el que los esfuerzos del abogado SUDRE resultaron baldíos, ante la posición inequívoca de los magistrados del Parlamento de la ciudad, se condenó a muerte al padre, y a prisión perpetua a su hijo Jean, así como a los amigos y servidores presentes al producirse el suceso.

Resulta sumamente significativa la postura adoptada por el abogado de la familia. El substrato de intolerancia religiosa que latía en la actitud del pueblo y de las instituciones de la gran capital del romántico francés convertía al letrado SUDRE en un auténtico enemigo de los poderes del Antiguo Régimen, pero también del pueblo. Sin embargo, el abogado, hombre enormemente respetado como jurista, cumplió con su deber a despecho de todas las consecuencias que ello acarreó, y sustantivamente la marginación social y profesional. Una vez más, un abogado sostuvo la voz de la razón frente a la persecución religiosa y la insensatez del falso sentimiento popular.

Pero el “proceso Calas” adquiere una nueva dimensión para la historia del pensamiento político cuando decide ocuparse de él una de las primeras plumas del siglo, la de VOLTAIRE, quien tomó a la familia Calas bajo su protección, y lideró un esfuerzo de esclarecimiento de las auténticas circunstancias del caso que desembocó finalmente, en 1765, en la completa rehabilitación de la familia, siendo invitada la propia viuda de Calas a visitar al rey Luis XV en Versalles. La publicación en 1763 del Traité sur la tolérance debe no poco al proceso Calas.

El lema volteriano, “ser libre es no depender más que de la ley”, es ahora lema de todos, pero no lo era cuando él la inserta en el Diccionario Filosófico. No fue en esa materia nada tornadizo el bueno de Voltaire, quien a lo largo de su vida asumió el nombre patrocinio de muchas causas, no sólo de la ya relatada Calas. Trató de salvar al Almirante Bing, condenado injustamente por Pitt para satisfacer el amor propio nacional inglés; apoyó la defensa de la familia Sirven durante diez años, hasta el final feliz de su proceso; clamó por la reparación del Caballero de la Barre, injustamente condenado por impiedad; obtuvo justicia para la viuda de Montbailli; litigó durante 12 años en Besancon, en uno de los famosos “procés paysans”, por la liberación de los 10,000 siervos de Saint-Claude; patrocinó la defensa de La Ely-Tollendal; ganó la causa de Morangiés; acogió asilados y prófugos...Impresionante e inacabada la lista de patrocinio de Voltaire a la nueva justicia que estaba por venir, que estaba gestándose de la mano de abogados beneméritos que por ella luchaban en cada proceso.
ABRAHAM LINCOLN
La conversión del abogado en uno de los más representativos protagonistas de la nueva sociedad burguesa responde a su plena identificación con un modelo de organización política y de la sociedad civil. El abogado forma parte de la nueva ética del Estado Liberal, una ética laica, recta y activa, comprometida y severa. Desde los decenios centrales del siglo xix esa perspectiva de la moral pública, de la que originariamente se nutre el código deontológico de su profesión, se instala al frente del funcionamiento ordinario del Estado de Derecho. Creo que no resultaría aventurado afirmar que los valores y la praxis de gobierno de la democracia está muy fundamentalmente inspirados por la profesión de la abogacía.

Para argumentar esta propuesta me gustaría acudir a un protagonista excepcional de nuestra profesión, como es el presidente estadounidense Abraham LINCOLN. LINCOLN cumple perfectamente el perfil idea del hombre de su tiempo. Se trata de un hombre de extracción humilde, un granjero que estudia derecho como consecuencia de su vocación de asistir a sus semejantes, hombres sin estudios, en su cotidiano enfrentamiento con las imperfecciones de una democracia en construcción.

Así nos presentaba John FORD a Henry FONDA en El joven Lincoln; pero esa concepción del personaje no responde a una desproporcionada idealización. Los testimonios de la conducta del antiguo granjero de Illinois como jurista y hombre público son paradigmáticos. Algunos datos relativos a su honestidad y su talante austero, absolutamente contrastados, tocan lo legendario[2], pero ahondan en una asociación de ideas que germina en el inconsciente colectivo, particularmente en el estadounidense: la de la rectitud moral con la conducta que cabe esperar en un jurista.

Pero los grandes testimonios morales no completan la personalidad del célebre presidente. El jurista de humildes orígenes y profundo conocimiento del trabajo es también un convencido partidario de la acción civilizadora del derecho, y de la necesidad perentoria de que los juristas protagonicen una auténtica pedagogía del Estado de Derecho, en una sociedad en pleno y permanente estado de formación, y ello particularmente en la propia región de procedencia del congresista por Illinois.

La creencia de LINCOLN en el derecho no comporta sólo un mero ejercicio intelectual, o una noble actitud profesional, sino una obligación moral de difusión de la ley como necesidad y premisa de la convivencia y la tolerancia[3].

La vida de LINCOLN constituye un ejemplo de dedicación profesional y coherencia personal. Su asesinato igualmente, a manos del fanático sudista John Wilkes BOOTH y sobre todo, el conocido proceso seguido contra el magnicida, habría de completar el histórico círculo de consolidación de la Unión, como realidad sometida al imperio de la ley, y de la abogacía, que serían puestos a prueba en el respeto al derecho a un juicio justo de todos los ciudadanos, cualquiera que fuese la vileza del crimen del que se les acusara.
Pero también los nunca reconocidos, los que expusieron, y exponen, su vida y su integridad, su honor y sus recursos, porque su conciencia y su decoro profesional les impelían a servir a los demás.

Por eso la causa sigue siendo la misma de siempre. Desde luego, que el derecho sea siendo el universo de la libertad, y el más privilegiado de los instrumentos de los que dispone una sociedad moderna para propugnar un marco de convivencia denotado por la oportunidad, y no por el determinismo social, por el estímulo, y no por la resignación, por el afán de excelencia, y no por el adocenamiento, en donde la igualdad sea –al menos- posible[4]. La sociedad necesita propiciar y creer que sus ciudadanos puedan ser los arquitectos de sus propias vidas, que en eso radica la verdadera igualdad.

En ese objetivo, los profesionales del derecho caminamos junto a los investigadores, junto a los verdaderos académicos. Lo hacemos porque creemos en la ciencia, en su afán de rigor desde el análisis, en su objetivo de conocer y contribuir a explicar el mundo. La ciencia aporta racionalidad, proporciona rigor en el método, infunde confianza en la propia aventura humana[5]. Para quienes habitamos en el mundo del derecho aplicado, del derecho realmente vivido, la relación cotidiana con nuestro colegas de la Universidad y de las instituciones investigadoras constituye un poderosísimo motivo para continuar creyendo en la necesidad y utilidad del derecho. La abogacía, como factor de racionalización y civilización en el mundo moderno, y como realidad comprometida con la sociedad, resultaría inconcebible sin la actividad académica. Si el derecho es libertad, es nutrido por su ejercicio profesional y su cultivo científico.

Yo creo firmemente en ese esfuerzo de reflexión serena, de análisis desprejuiciado, de tolerancia y de convivencia, que es el cotidiano ejercicio de la abogacía. Apenas hace un quinquenio Joseph Fontana trataba de definir las pautas delimitadoras de la actividad historiográfica dentro de las nuevas corrientes de la sociedad global, y lo hacía apelando al rigor metodológico y la resistencia a sucumbir a toda fórmula esquemática de aproximación a la realidad[6]. Los historiadores invitaban a la reflexión, y no al dogmatismo. Creo firmemente que el abogado habita, por definición, en ese escenario caracterizado por el diálogo y por el debate. La abogacía tiene mucho que aportar a una visión más rica y compleja de los procesos sociales. El tiempo de los abogados sigue vive, y además, está por venir.

Termino, Harper Lee compuso en Matar a un ruiseñor un hermosísimo alegato a favor de los más fundamentales derechos y libertades, pero también describió a un abogado de nuestro siglo, un hombre sencillo, que trata de educar a sus hijos en el respeto a los demás y por sí mismos; y al propio tiempo, recuerda a sus conciudadanos que él no sólo ejercer una profesión, sino que contrae una responsabilidad: recordar que existen el derecho, y las instituciones que el derecho emanan, para servir a los ciudadanos. El derecho nos recuerda que somos seres dotados de una dignidad intrínseca o, como diría el propio protagonista:

“... hay una cosa en este país ante la cual todo los hombre son creados iguales: hay una institución humana que hace a un pobre el igual de un Rockefeller, a un estúpido el igual de un Einstein, y al hombre ignorante el igual de un director de colegio. Esta institución caballeros, es un tribunal. Puede ser el Tribunal Supremo de Estados Unidos, o el Juzgado de Instrucción más humilde del país, o este honorable tribunal que ustedes componen. Nuestros tribunales tienen sus defectos, como los tienen todas las instituciones humanas, pero en este país nuestros tribunales son los grandes niveladores y para nuestros tribunales todos los hombres han nacido iguales...” [7].

Necesitamos, seguimos necesitando a esos hombres que, no ya le recuerdan a las instituciones, sino a nosotros mismos, que somos ciudadanos, y no súbditos, pueblo, y no plebe, seres dotados de derechos y de obligaciones, ante nuestra vida y ante nuestra historia. Entre esos hombres se encuentran los abogados. Es posible que, como decía Goethe y recordaba Ihering, “todo lo que nace debe volver a la nada”. Yo prefiero pensar que la abogacía nació para servir a los demás, y servir a los demás equivale a todo. Por eso quizás Voltaire –otra vez- escribió: “Yo hubiera querido ser abogado pues es la más bella profesión del mundo” [8].
[1] Véase, ROPER, W., La vida de Tomás Moro. Pamplona, 2000, pp. 40, y 67 ss.

[2] LUDWIG, E., Lincoln, Barcelona, 1987, pp. 97-98: “...El partido le había dado doscientos dólares para sufragar los gastos de la campaña. Terminada ésta. Lincoln devuelve ciento noventa y nueve dólares y veinticinco centavos, diciendo: “No he tenido gasto alguno. Recorrí todo mi distrito en mi propio caballo. Los hospedajes tampoco me costaron, pues siempre estuvieron a cargo de la generosidad de casas amigas. Mi único desembolso ha sido setenta y cinco centavos, precio de un barrill de sidra que unos cuantos granjeros me obligaron a ofrecerles...”

[3] LUDWIG, Ibid., p. 116: “…Persuade a tus vecinos de las ventajas de un convenio, haciéndoles sabes que muchas veces el que es declarado oficialmente vencedor es el que más pierde en costas, honorarios y tiempo. El abogado que se dedica a pacificar los ánimos tiene cien probabilidades de ser un hombre honrado. Siempre existen bastantes procesos y pelitos, pero no hay que provocarlos, pues el que tal hace realiza una de las acciones más bajas que puede ejecutar un hombre...Como regla general, no admitas nunca pagos anticipados; a lo sumo, una pequeña cantidad a cuenta. Sería hombre poco digno de aprecio si sólo por eso te interesaras en el asunto...”.

Estas notas, escritas por LINCOLN para un informe sobre derecho práctico, forman parte de una teoría que puso en práctica en el ejercicio de su profesión. Ciertamente, no fue nunca un jurisconsulto apasionado, pero sus años de campesino habían hecho de él un hombre amante de la justicia. Sólo cuando se conocen sus pensamientos, y más aún sus sentimientos, podemos comprender claramente la acción de unos y otros en la vida política. En Lincoln encontramos uno de esos caracteres que se reflejan en cada uno de sus actos, que permanecen inquebrantablemente fieles a sus ideales en todos los momentos y sólo pueden ser comparados a sí mismos. Con el mismo interés defendía a una pobre mujer víctima de la codicia de un usurero, que amparaba los derechos adquiridos contra el afán de conquista de un partido, o protegía a dos millones de negros contra el brutal poder de sus amos. Y, sin embargo, en este hombre de clara inteligencia no había nada de profeta ni aun de predicador...”.

[4] BOBBIO, N., Derecha e izquierda. Madrid, 1998, p. 175: “El empuje hacia una igualdad cada vez mayor entre los hombres es, como ya observó en el siglo pasado Tocqueville, irresistible. Cada superación de esta o aquella discriminación, en función de la cual los hombres han estado divididos en superiores e inferiores, en dominadores y dominados, en ricos y pobres, en amos y esclavos, representa una etapa, desde luego no necesaria, pero por lo menos posible, del proceso incivilización. Nunca como en nuestra época se han puesto en tela de juicio las tres fuentes principales de desigualdad, la clase, la raza y el sexo. La gradual equiparación de las mujeres a los hombres, primero en la pequeña sociedad familiar, luego en la más grande sociedad civil y política, es uno de los signos más certeros del imparable camino del género humano hacia la igualdad”.

[5] BUNGE, M., La ciencia, su método y su filosofía. Buenos Aires, 1988, pp. 32-34: “...La ciencia es abierta: no reconoce barreras a priori que limiten el conocimiento. Si un conocimiento fáctico no es refutable en principio, entonces no pertenece a la ciencia sino a algún otro campo. Las nociones acerca de nuestro medio natural o social, o acerca del yo, no son finales: están todas en movimiento, todas son falibles...La ciencia carece de axiomas evidentes...

La ciencia es útil: porque busca la verdad, la ciencia es eficaz en la provisión de herramientas para el bien y para el mal.... Pero la ciencia es útil en más de una manera. Además de constituir el fundamento de la tecnología, la ciencia es útil en la medida en que se la emplea en la edificación de concepciones del mundo que concuerdan con los hechos, y en la medida en que crea el hábito de adoptar una actitud de libre y valiente examen, en que acostumbra a la gente a poner a prueba sus afirmaciones y a argumentar correctamente...”.

[6] FONTANA, J., La historia después del fin de la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la ciencia histórica, Barcelona, 1992, p. 142. “...Una de las primeras cosas que hemos de eliminar de nuestra teoría de la historia es ...la “vía única”: hemos de aprender a pensar el pasado en término de encrucijadas a partir de las cuales eran posibles diversas opciones, evitando admitir sin discusión que la fórmula que se impuso fuese la única posible (o la mejor), si no queremos...resignarnos a aceptar como inevitable el futuro, poco estimulante, que se nos ofrece a nosotros mismos dentro del paraíso europeo (...). Necesitamos repensar la historia para analizar mejor el presente y plantearnos un nuevo futuro...”.

[7] LEE, H., Matar a un ruiseñor. Barcelona, 1987, p. 207. “No soy un idealista que crea firmemente en la integridad de nuestros tribunales ni del sistema del jurado; esto no es para mí una cosa ideal, es una realidad viviente y operante. Caballeros, un tribunal no es mejor que cada uno de ustedes, los que están sentados delante de mí en este jurado. La rectitud de un tribunal llega únicamente hasta donde llega la rectitud de su jurado, y la rectitud de un jurado sólo llega hasta donde llega la de los hombres que lo componen. Confio en que ustedes, caballeros repasarán sin pasión las declaraciones que se han escuchado, tomarán una decisión y devolverán ese hombre a su familia. En nombre de Dios, cumpla con su deber...”.

[8] Citado por Remo DANOVE en L´imagine dell´avocato e il suo riflesso. Giuffré, 1995.

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