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PODER Y CRECIMIENTO


Por Demolay

El hombre crece de muchas maneras y transita por la vida enriqueciéndose de diversas formas. Regularmente suele verse al poder como una meta final de la existencia y no como un medio para crecer y hacer crecer a los demás. El poder —entendido según la Masonería— es y debe ser un medio y un mecanismo para servir y para generar las condiciones que permitan que los demás alcancen sus propias metas con miras a su crecimiento personal y social. El poder debe condescender construir el edificio social que la Masonería proclama, pero antes, para que éste edificio o Templo tenga sentido y afianzamiento, debe el hombre construirse así mismo conforme los Planos Superiores que el Gran Arquitecto del Universo ha trazado para el bien de la humanidad.

La Masonería busca y procura un poder. Quiere nuestra Orden que el hombre sea poderoso, quiere que este poder sea trascendente y que alcance y consiga la transformación del mundo para poner orden ahí donde impera el caos. Pero ¿qué clase de poder anhela la Masonería? En primer término, habrá que deslindar los tipos de poder con los que la Masonería no casa. Por ejemplo, el poder económico. Aunque es deseable que la Orden posea los medios necesarios y suficientes para allegarse de recursos útiles para cumplir con sus fines institucionales, lo cierto es que el dinero por sí mismo no constituye un ideal en la esencia del pensamiento masónico.

La Masonería no es para ostentar las vanidades del mundo, la Orden no quiere sino honor, virtud y talento. Los símbolos de poder económico no representan el medio deseable para lograr la transformación interna del hombre. Asociado al poder económico se tiene al poder político. La capacidad de influir en la voluntad de los demás ha sido también una de las grandes aspiraciones del hombre a lo largo de los tiempos. La historia nos da claras enseñanzas de cómo el poder político ha logrado subyugar a los pueblos, pero sobre todo, nos muestra como el poder político ha conseguido dominar la mente, el alma y el espíritu de los hombres. Si algo pone a prueba la naturaleza de la condición humana es precisamente el poder. El poder transforma al hombre haciéndole mostrar su verdadera condición, sus vicios, sus pasiones y sus raras virtudes. Se ha dicho, y con razón, que el poder corrompe, y que el poder absoluto, corrompe absolutamente. La Masonería enseña, por medio de sus liturgias, templos y trabajos, a dominar las pasiones e inculca a sus adeptos el arte real de dominarse a sí mismo.

La Masonería, respecto del poder, no quiere hombres fuertes, sino poderosos. Fuerte, conforme a la enseñanza oriental, es quien vence a los demás; poderoso en cambio es quién se vence a sí mismo. ¿Qué clase de poder demanda, pues, la Masonería? La formación masónica —filosófica, moral e iniciática— conduce al hombre a prepararse para el poder. Primero, el poder de dominarse a sí mismo mediante el ejercicio y desarrollo de su virtud. Luego, el poder de dominar a los hombres y a las cosas; más tarde, con pleno desarrollo moral y espiritual, el masón comprende que el poder verdadero y profundo no es el que nos dan los demás por medio de las urnas o del dinero y los negocios, sino el poder que emana del Ser, de la esencia del Ser. Se trata del poder espiritual que el masón adquiere a través del estudio de los principios, postulados y enseñanzas de nuestras liturgias; se trata del poder que se forma merced a la meditación y al pensamiento perfectamente dirigido a las causas nobles centradas en el principio de amarse los unos a los otros, conforme a las instrucciones del Galileo; preceptos como el de no hacer al otro lo que no queramos que se nos haga a nosotros mismos. Los cánones que la Masonería transmite a sus miembros por medio de la Iniciación son hálitos de fuerza y de poder, son las bases necesarias del servicio a los demás.

El poder que se nos da, incluso con el don de la vida, es un poder para servir; el poder del pensamiento, el poder de las ideas, el poder de una visión inspiradora y transformadora, el poder de creer y de crear, a partir de nada, el poder de un liderazgo basado en principios y en valores, son todos formas de poder cuyo único fin es el servicio. Y es a través del servicio como nos hacemos trascendentes y como logramos obtener una de las formas de la inmortalidad: la del recuerdo de las generaciones. Por ello, como bien dice nuestro Andrés Henestrosa: “No hay peor muerte que el olvido”.

El poder lo traemos consigo desde que nacemos, y es un poder divino de magnitudes inconmensurables. El raciocinio, el pensamiento, la imaginación, el amor y la fraternidad, con expresiones del poder real y efectivo que el hombre debe usar en su vida con responsabilidad y compromiso hacia los demás. Luego, el tallado constante de nuestra piedra bruta —nuestra propia condición del Ser— nos permite acercarnos al ideal de nuestro destino y de esa forma, la virtud —que es fuerza— nos hace grandes, nos hace poderosos y nos hace trascendentes.

Fuente: ANCIENT CRAFT & FREEMASONS -Esencias del Arte Real…

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