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“SER” MASON: UNA NECESIDAD VOCACIONADA

Permitidme, queridos hermanos, conduciros de la mano, y a través de mis palabras fraternales, a un lugar donde la acacia tamiza la luz, envolviendo las verdades de serenidad madura.

Y mientras recorremos el camino, trataré de deleitaros, con reflexiones que sin ser incuestionables son, por lo menos, dignas de ser compartidas.

Así pues, sí estáis dispuestos, iniciemos la marcha.

Una gran mayoría de especialistas y estudiosos de la conducta humana centran sus investigaciones en por qué algunas personas pierden su equilibrio hasta llegar a enfermar y enloquecer. Cuando, la interrogación resulta más esclarecedora si la planteamos a la inversa: Lo sorprendente es que no nos desequilibremos todos, tanto a nivel personal como social, hasta el extremo de enfermar psíquica y físicamente, somatizando nuestros conflictos.

Nosotros, los “homo sapiens sapiens”, “els resabuts”, hemos transcendido, dotados de inteligencia y raciocinio, la condición del resto de seres vivos que habitan nuestro planeta. Habiendo sido individualizados gracias a la capacidad de ser conscientes sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos contiene.

Sin embargo, esas capacidades que nos hacen tan únicos, coexisten, como un todo, danzando al mismo son, con el poderoso impulso de nuestros instintos y con unas herramientas de percepción natural, los sentidos, cuyos procesos elaboran en nuestro cerebro un resultado simbiótico donde las cualidades y calidades de la apreciación relativizan la verdad obtenida.

Por lo tanto, conscientes de nuestra transitoriedad, del tiempo que media entre nuestro nacimiento y nuestra muerte, al que llamamos “vida”. Conscientes de nuestra propia existencia donde los conflictos, el sufrimiento y las enfermedades son parte inherente de la misma, vivimos, desarrollando, entre sombras y contrastes, “estrategias” que sustenten, nuestras vidas, en un permanente e inestable equilibrio.

Lo sorprendente es que no nos desequilibremos todos, enfermando psíquica y físicamente.

Y en ese afán por sustentarnos, vamos contrarrestando “nuestras propias circunstancias” recurriendo a mecanismos compensatorios como la necesidad de externalizar responsabilidades, atribuyendo y culpando a los demás, y a causas ajenas, de todos nuestros males. Con mecanismos compensatorios como la necesidad, mal entendida, de aceptación, prestigio y reconocimiento; de poder y dominio. Con mecanismos compensatorios como la necesidad, aniquiladora, de adherirnos y someternos a alguien o a algo que de razón a nuestro existir; algunas veces hasta el extremo de fanatizarnos.

Con mecanismos compensatorios, que como cataplasmas, nos alivian y entretienen mientras omitimos tomar las riendas de nuestra propia existencia. Resignando nuestras vidas, a tal suerte, que esas “estrategias” con las que intentamos sustentarnos van convirtiendo nuestras vidas, sin lograr orientarlas, en algo tan confuso y sombrío, “COMO UNA MALA NOCHE ETERNA” (*).

“UNA MALA NOCHE ETERNA” (*) de la que, únicamente, podremos librarnos cuando seamos bendecidos con el don y la gracia de considerar la posibilidad de un”DESPERTAR”.

Y a raíz de esa bendición, de ese primer destello de luz, mediante “respuestas personales, proactivas y plenas a la vida” (*), alcancemos a evolucionar desde el “homo sapiens sapiens” “el resabut” hasta el “hombre iniciado”, el “homo initium”. Orientando y equilibrando nuestras vidas, mientras degradamos nuestras oscuridades, en una constante búsqueda de la verdad que tiene su cúspide en la utopía de la “ILUMINACION”.

Serenemos el paso y sin aminorar la marcha maravillémonos con el paisaje. ¿No oís, queridos hermanos, el rumor de un manantial? Allí arriba, junto al granado en flor, el chorro de agua clara. Esa es la fuente donde nace el arroyo que fluye valle abajo.

Métodos hay, de oriente a occidente, brindándonos caminos hacia la “ILUMINACION”. Entre ellos, nuestro respetado método masónico.

Pero, como sabéis, todos los métodos tienden a lo mismo. Nos ofrecen la posibilidad, siguiendo sus procesos, de alcanzar un objetivo. Sin embargo, ninguno de ellos, por el mismo hecho de ser lo que son, de ningún modo, podrá garantizarnos el éxito; ninguno de ellos, podrá asegurarnos la llegada a la meta.

En consecuencia, por mucho que lo pretendamos, no encontraremos en el “método masónico” ninguna garantía, ni hallaremos ningún tipo de aval, que certifique, que a través de nuestros trabajos conseguiremos alcanzar nuestro “autoesclarecimiento”, evolucionando hacia ese “hombre iniciado” que equilibra su existencia en la búsqueda de la verdad.

Plurales y variadas pueden ser las razones y los intereses personales, por los que alguien toma la decisión de llamar a las puertas de la masonería.

Y una vez, ya miembros de la Orden, la clave de cómo viviremos nuestra “vida masónica” estará en la naturaleza de esas mismas razones e intereses, que buscando ser satisfechos, irán empujando nuestros trabajos hacia el logro de sus fines.

Si nuestras razones e intereses por la masonería son impulsados por motivos profanos, espoleados por nuestras propias carencias, fustigados por cualquier “mecanismo compensatorio”; sin una orientación sincera que nos dirija hacia la búsqueda de la luz, sin una necesidad real de “autoesclarecimiento”, los trabajos que llevemos a cabo, serán todo lo que imaginemos, todo lo que queramos, todo menos trabajos “iniciáticos”.

Y nosotros podremos llegar a ser “eruditos” en “historia local y universal de la masonería, sus símbolos y rituales”. Podremos hablar y escribir en “lenguaje masónico florido”. Podremos ostentar, en nuestros curriculums, todos los grados, cargos, atributos y condecoraciones posibles. Podremos tener toda la repercusión masónica y profana que ambicionemos. Pero, sin un interés sincero, sin una necesidad real que aliente nuestros trabajos hacia la búsqueda de la luz, hacia nuestro “autoesclarecimiento”; nosotros, seremos todo que imaginemos, todo lo que queramos, todo menos masones vocacionados. Renunciando, por ello, a formar parte de ese “HOMBRE NUEVO” y “EVOLUCIONADO” que se conforma mágicamente con “el hombre iniciado”. Renunciando, por ello, a participar en la construcción de un “nuevo mundo”, levantando nuestro propio Templo.

¡Cuidado con resbalar, apoyar bien los pies!
¡Que hermosura, como “SEDUCEN” los reflejos de la luz del sol sobre la corriente cristalina y las piedras pulidas del arroyo!....... “Quien tenga oídos para oír, que oiga”.
¡La “ILUMINACION”! ¡El “AUTOESCLARECIMIENTO”! ¡El “HOMBRE INICIADO”! ¡Sí, una utopía!

Pero, la belleza de la utopía no reside en lo que uno espera encontrar en un punto ideal de llegada. La belleza de la utopía “ES”, se manifiesta, nos envuelve y embarga, cuando en el tránsito hacia ese ideal, trabajamos orientando cada uno de nuestros pasos.

Hablando de llegadas, he aquí, frente a nosotros, con toda su majestuosa estampa, la acacia centenaria.

¡Corramos, queridos hermanos, y amparémonos bajo su profuso follaje! Y rodeando su tronco leñoso disfrutemos de la envergadura de su frondosidad, recreándonos con las tonalidades de su verdor perenne.
¡Que bella es la mística que se desprende de los rituales donde los seres se sienten hermanados!

En verdad, la gracia capital de la vocación masónica es, que aquel que la posee, “el vocacionado”, vive el ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa.

Una recompensa mayor y más amada que todos los “pluses”, “primas”, “prebendas” y “sobresueldos” que pudiera alcanzar como consecuencia de pertenecer a una u otra logia, a una u otra obediencia.

QQ.•. HH.•. todos en vuestros diferentes grados y condiciones.

Aquí y ahora, en este lugar donde la acacia tamiza la luz, envolviendo las verdades de serenidad madura, quiero cuestionarme con todos vosotros, si son necesarias mayores reflexiones que las compartidas, para sentirnos llamados a renovar, cada vez que se presente la oportunidad, nuestro interés por la masonería, vocacionándolo.

Aquí y ahora, en este lugar donde la acacia tamiza la luz, envolviendo las verdades de serenidad madura, quiero cuestionarme con todos vosotros, si son necesarias mayores razones que las expuestas, para responder, positivamente, sobre la vigencia y el sentido de la masonería en este siglo XXI (e.v.)

“Hermano Primer Vigilante ¿Qué pedimos cuando entramos por primera vez en el Templo?”
“La Luz, Venerable Maestro”

Que nuestra disposición para salir a su encuentro nos de la FUERZA adecuada y necesaria para llevar a buen término, y con toda su BELLEZA, nuestros trabajos iniciáticos.

Que la SABIDURIA visite nuestros espíritus y ensalce nuestros corazones.

(*) Esta aportación ha nacido como punta de iceberg emergida de la reflexión e interiorización de un número de lecturas realizadas a lo largo de varios meses. He querido utilizar como mía, ya interiorizada y cargada de significado, alguna frase del maestro D.T. Suzuki; alguna expresión, iluminada, del Dalai Lama (“UNA MALA NOCHE ETERNA”), así como alguna estructura de razonamiento, ya integrada en mis sinapsis, de filósofos como Adela Cortina, entre otros. No he nombrado, a ninguno de ellos, por no romper el hilo de la reflexión y no distraer de su intención mayéutica.

Fuente: Blogs V.I.T.R.I.O.L.

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