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La sociedad de los poetas muertos

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Dead Poets Society
Dir. Peter Weir | 128 min. | EEUU

Intérpretes: Robin Williams (John Keating), Robert Sean Leonard (Neil Perry), Ethan Hawke (Todd Anderson), Josh Charles (Knox Overstreet), Gale Hansen (Charlie Dalton), Dylan Kussman (Richard Cameron), Allelon Ruggiero (Steven Meeks), James Waterston (Gerard Pitts), Norman Lloyd (Sr. Nolan), Kurtwood Smith (Sr. Perry).

Siempre me ha parecido fascinante cómo esta notable película ha sido pensada para tener un público muy amplio y, por ello, limitar grandemente su filo crítico; alejado de una reflexión sobre la escuela convencional y de los mismos adolescentes. Y es que, aunque muchos consideran que está dirigida a estos últimos, lo cierto es que sus públicos principales son la población adulta y, obviamente, los maestros.

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Limitaciones del marketing

Para empezar, la acción ha sido ubicada –convenientemente– en 1959; es decir, en una época muy alejada de las realidades y problemas del sistema educativo en los años en que se filmó esta película (1989), para no hablar de la actualidad. Ello le permite al director enfatizar el conservadurismo y autoritarismo de esta institución educativa y contraponerlo a una visión liberadora y creativa del conocimiento y, específicamente, de la poesía. Sin embargo, tal contraposición resulta sumamente general y, a la vez, lejana en el tiempo (al estar circunscrita a ese contexto histórico). No se trata, pues, de un filme que pueda ofrecer mucho al quehacer pedagógico actual; pese a que su intención y mensaje resulten inspiradores en términos de un cuestionamiento a un vago sistema educativo tradicional y al poder paterno en la familia.

En segundo lugar, la Academia Welton es un colegio de elite, que se autoproclama la primera institución educativa de los Estados Unidos. No estamos ante un colegio común y corriente, ni en la escuela pública. Por tanto, sus alumnos ya tienen una práctica direccionada hacia la adquisición del conocimiento y ya se están desarrollando en áreas específicas para las que cada cual tiene mayor aptitud. Es por ello que aquí no se presenta el problema de cómo lograr que los estudiantes convencionales accedan a este nivel de compromiso e involucramiento en los estudios; menos a la excelencia académica. Es decir, se omiten los problemas reales y prácticos que enfrentan las escuelas públicas e institutos de educación superior; no sólo en nuestros países del Sur, sino también en los propios Estados Unidos, donde el nivel socioeconómico de cada barrio determina la calidad de la enseñanza en los colegios estatales.

Paralelamente, este enfoque genérico le permite llegar a un público muy amplio. Así, todos aquellos que hemos estudiado en colegios grandes y sólo de varones durante los años 60 y 70 del siglo pasado no podemos dejar de recordar sus tendencias autoritarias y represivas. Al mismo tiempo, en todo colegio –aún hoy– es posible encontrar los tipos sicológicos de algunos de los personajes de esta película: el líder carismático pero asertivo (Neil Perry), el rebelde provocador (Charlie Dalton), el tímido (Todd Anderson), el romántico enamorado (Knox Overstreet), el “chancón” proclive a ceder ante la autoridad (Richard Cameron), los fanáticos de la ciencia y sus experimentos (Steven Meeks y Gerard Pitts). Y cómo no recordar a ese profesor que siempre rompía con el patrón tradicional, que era más comprensivo con sus alumnos y hasta los estimulaba, gracias sus métodos pedagógicos más o menos heterodoxos. Finalmente, en 10 años de educación formal, en una misma escuela, suelen ocurrir muertes de alumnos; ya sea por accidentes o, en menor proporción, por crímenes o suicidios; muertes tempranas que dejan una fuerte huella en la memoria de todos. Además, la cinta transcurre prácticamente al final del año escolar, lo que sugiere el fin de una etapa y un momento de cambios en la vida de los jóvenes; marco perfecto para juntar recuerdos con dramatización de esos cambios.

En consecuencia, hay toda imagen idealizada del grupo de amigos, del profesor comprensivo y motivador, e incluso de todo el periodo escolar. Una imagen con la que podrían identificarse de alguna forma millones de personas que jamás pasaron por una conservadora institución elitista. La sociedad de los poetas muertos es una película que se dirige a ese amplio público que rememora su vida escolar en cualquier tipo de colegio, identificándose con alguno de los personajes y/o situaciones; antes que con una reflexión sobre los asuntos concretos de la educación actual. Todo ello encubierto con una crítica radical al autoritarismo de entonces. Es cierto que ese verticalismo subsiste en la actualidad, pero con distintas y muy variadas características, producto de sucesivos cambios organizativos y pedagógicos, y resultado de múltiples demandas y resistencias. Finalmente, en cualquier organización educativa hay una tensión entre la prédica sobre el carácter liberador del conocimiento y la necesidad de mantener el orden interno; lo cual siempre podrá ser rememorado, desde el presente, como una relación de poder en lo esencial inalterada.

Esto hace que el recurso a valores, personajes y situaciones típicas y generales –pese a estar adscritos a una institución académica con métodos muy alejados de la mayoría de los colegios o institutos actuales– consiga arrastrar a un público tan vasto. Y para mantener o acrecentar ese público, el filme limita aún más su radio de crítica al obviar otros posibles ángulos polémicos que han aparecido en películas similares; por ejemplo, problemas de poder al interior del grupo de pares, o de discriminación por razones de raza o credo religioso (por ejemplo, en el caso de los judíos), o de opción sexual.

Por tanto, esta no es una película hecha desde el punto de vista de los jóvenes, sino desde lo que los adultos quisieran que los jóvenes (léase, hijos y estudiantes) piensen sobre la educación de entonces (o, incluso de la actual); lo que es difícil, dada la evolución en el sistema educativo formal desde aquella época hasta el presente. En cambio, es posible que muchos docentes se identifiquen con John Keating, nuevamente, un personaje limitado a una materia específica (literatura) pero que proyecta una imagen general de lo que debería ser un maestro anti autoritario; tanto para la buena conciencia de los padres de familia como para los mismos educadores. Nuevamente, un esfuerzo por mantener el filme dentro de los marcos de un público amplio y con un mensaje sencillo, emocional y calculadamente polémico; montado sobre una narrativa eficaz, en los términos de Hollywood. Por tanto, una debilidad del filme podría ser no llegar a ese presunto público objetivo y deseable.

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La educación como motivación

Lo anterior, sin embargo, no quita que estemos frente a una película notable y con algunos aspectos rescatables y vigentes –quizás involuntarios–, inclusive en la actualidad. El primer aspecto interesante es la reflexión entre motivación y educación que ofrece el filme. Los métodos de Keating se presentan como pedagogía poco ortodoxa, pero en realidad nunca vemos propiamente un proceso de adquisición de conocimientos, sino más bien una motivación del maestro para que los alumnos los adquieran por sí mismos y una invitación a que reflexionen con autonomía. Es cierto que Keating utiliza un método participativo en el aula, pero sus dinámicas provienen de la comunicación interpersonal y grupal, y son propias de un facilitador, antes que trabajo puramente docente. Lo que es consistente con el hecho de que una película de ficción –y, en general, el cine– puede tener, aparte del entretenimiento, una función motivadora, antes que educativa; más aún si aspira a un público masivo. Pretender lo contrario –es decir, que cumpla una función educativa– convertiría el producto en un video de capacitación para maestros de escuela.
Un segundo aspecto relevante es el rescate del carácter provocador, perturbador y liberador de la poesía –encarnado por Keating–, orientado hacia la recuperación de la vieja máxima socrática, el “conócete a ti mismo”. En cierto sentido, el carácter rutinario y memorístico de la educación “humanista” que critica la película, ha sido reemplazado hoy por el saber práctico y mecánico, tan vacío de libertad y pensamiento crítico sobre uno mismo y sobre el mundo que nos rodea. Y esta cinta podría aparecer hoy –quizás involuntariamente– como un cuestionamiento a este tipo de educación.

Un tercer aspecto es la crítica a la autoridad paterna, la que se manifiesta en el conflicto que enfrenta a Neil Parry con su ultraposesivo padre, conflicto decisivo en esta obra; así como la indiferencia de los padres de Todd, quien se encuentra prácticamente abandonado en el severo internado. Pero es en el primer caso que la película critica con mayor profundidad a los padres, antes que a la institución educativa. El carácter dominante del padre de Neil –presentado de manera comprensiva, ya que éste quiere que su hijo tenga las oportunidades que él no tuvo (aunque tal sentimiento lo degrade humanamente)– ha llegado a matar en el joven todo atisbo de independencia y autonomía. Vemos así cómo el poder paterno tiene una mayor eficacia que el de la institución educativa, ya que ha logrado introducir esa relación de dominación al interior de la mente del joven, neutralizando su liderazgo y paralizando toda comunicación asertiva; la que, por otra parte, Neil desarrolla con el resto de personas que lo rodean.

En efecto, los alumnos ofrecen una resistencia latente frente a su escuela. Así, ante los lemas que sus autoridades les obligan a repetir –“Tradición, Honor, Disciplina, Excelencia”–, los estudiantes contraponen su propia e irónica versión: “Travesura, Horror, Decadencia, Excremento”. Mientras que en el caso de Neil con su padre, esa mínima reacción potencial estaba bloqueada, al punto que el joven se niega a enfrentarla, llegando a mentir al respecto en una situación decisiva.

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Educación y comunicación

En suma, esta película no trata tanto de la educación como de los resultados de la misma. Se supone que la escuela forma para la vida, es decir, no sólo busca que el alumno sea un receptor y acumulador de información, sino que la analice y critique para elaborar conocimiento. El desarrollo de esas capacidades le permitirá formarse un criterio, que a la vez aplicará en su propia vida. El filme ubica a sus personajes en este último nivel (el del conocimiento), no sólo por sus buenas notas, sino porque incluso ya son capaces por sí mismos de construir artefactos (el radio de Meeks y Pitts). Y el debate de teorías pedagógicas se centra en las limitaciones para desarrollar el conocimiento y aplicarlo en la vida.
Pero ese salto del conocimiento a la vida personal y social no está garantizado por la educación, sino por la comunicación. En efecto, los problemas entre Neil y su padre, así como el de Todd con los suyos, son típicos problemas de comunicación. Mientras que entre alumnos y profesores la comunicación es prácticamente inexistente, salvo en el caso de Keating, quien no sólo es un gran comunicador, sino también alguien que –como docente– ha desarrollado su inteligencia emocional. Por tanto, ese efecto esperado de la educación –la capacidad para enfrentar los retos de la vida– no depende únicamente de ésta sino del desarrollo de capacidades comunicativas. En la cinta, no todos lo lograrán.

Si vemos su enfoque ideológico desde el punto de vista de esta amplia gama de temas (que, por otra parte, el filme plantea) notamos que sintetiza el conjunto de capacidades exigidas al docente actual y, por tanto, al estudiante del presente. Ciertamente, no se puede pedir a la propuesta de esta película que incluya las exigencias de políticas educativas y recursos humanos y materiales para el logro de este objetivo y que se dejan de lado al ubicarse la acción en un tiempo y lugar alejados del presente. Es decir, la misma condición que permite sintetizar un mensaje efectivo contribuye a limitar su radio de acción y su propio público objetivo.
 
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Valores audiovisuales

Pero la película no se detiene en estos aspectos ideológicos. Presenta también una estructura narrativa muy eficaz, considerando las distintas historias que se desarrollan y la correcta jerarquización de las mismas. Desde su inicio, el filme muestra la contraposición entre la rigidez y conservadurismo de la Academia Welton y la efervescencia juvenil de sus estudiantes, pronto fascinados con su nuevo e interesante profesor de literatura inglesa. La ambientación colabora eficazmente a crear un entorno dominado por la represión. Paisajes normalmente invernales, con nieve y frío, ante un lago helado; junto a un edificio neogótico, de ambientes oscuros y una cueva tortuosa, donde los jóvenes se reunirían para leer poemas, cantar y hasta recibir mujeres.

Gracias a los métodos pedagógicos del maestro y el soporte de poemas de Whitman y pensamientos de Thoreau, los jóvenes se liberan de ataduras y empiezan a desarrollar de distintas formas una nueva sensación de libertad, acorde con la edad y potencial de cada cual. Así, Neil se prepara como actor para la escenificación de una obra de Shakespeare, Knox le declara su amor a una chica, Charlie invita mujeres a las reuniones del grupo, donde además toca el saxo, Todd logra improvisar un magnífico poema en clase; mientras Meeks y Pitts fabrican un radio desde el que captan música bailable para divertirse. El guión ha ensamblado muy bien todas estas historias y pese a la fragmentación de escenas, las va entrelazando con maestría, creando una gradual intensificación dramática que se concentrará en el conflicto de Neil con su padre.

Pero más que este notable avance narrativo, lo memorable de esta película son las escenas de Keating con sus alumnos, el nexo entre la poesía y la vida, el contraste entre el saber muerto y el “aprovechamiento del día a día”, el fomento de la iniciativa y la creatividad a partir de acciones físicas (destrucción parcial de libros) y cambios de perspectiva corporales. Además de metáforas visuales, como las aves que vuelan masivamente ante el ruido de campanas, que acompañan a Knox en camino a su aventura sentimental; sugiriendo tanto la libertad de los jóvenes como su necesidad de huir, de salir de Welton. Y de metáforas sonoras, en particular, el fragmento de la novena sinfonía de Beethoven, cuyo texto –que alude a la alegría y la libertad– acompaña el partido de fútbol en el que Keating participa con sus alumnos.

Por otra parte, el trabajo de iluminación es admirable, sobre todo en las escenas nocturnas en exteriores (pero no sólo allí), mientras que la música de Maurice Jarre logra momentos mágicos (por ejemplo, en la representación de Un sueño de una noche de verano) y de gran sutileza. Todo ello presidido por una gran labor directoral a cargo de Peter Weir, cuyo enfoque se centra en la crítica al poder que coarta la libertad del individuo; en este caso, una institución educativa represiva contra métodos pedagógicos más liberales (asunto detallado más arriba).

En suma, esta es una notable y bella película que busca llegar a un público muy amplio, presentando las capacidades que un docente debe reunir para lograr un efecto benéfico de la educación. No obstante, ello se logra a costa de dejar fuera otras realidades y contexto más contemporáneos del sistema educativo.

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