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Solve et coagula

Publicado por JaCques 
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Muerte y renacimiento
El texto de este capítulo está ilustrado por una serie de seis imágenes que resumen el proceso de la Gran Obra (figura 66). El relato comienza con un personaje que describe su estado lamentable cuando, encerrado en una fosa, viejo y enfermo, su alma y su espíritu le abandonan. Después se presenta como un rey al que asesinarán sus enemigos y su cadáver será visitado por una turba de cuervos; sin embargo, volverá a renacer, perdonará a sus verdugos y los ennoblecerá por medio de su poder regenerado. Primero gracias a la fuerza de la luna y después a la del sol. Esta larga y extraña historia explica una vez más el proceso de muerte y resurrección que parece ser el fundamento de la obra alquímica, también llamada palingenesis o «nuevo nacimiento». Los alquimistas resumen esta serie de operaciones bajo la conocida divisa, solve et coagula, «disuelve y coagula». Una copia libre de la misma serie se encuentra en la Philosophia reformatade otro alquimista de la época llamado Johann Daniel Mylius. En esta copia, el autor denomina a cada una de las seis imágenes del modo siguiente: 1- nigredo, representada por la muerte del personajeprincipal. 2- conjunción, aludida por la figura del rey entre la rosa y el lirio. 3- mortificación, expresada por la masacre del rey. 4- putrefacción, que se representa por medio de las calaveras y los cuervos. 5- albificación,cuando aparece la luna. 6- Y rubificación, cuando aparece el sol coronando a los otros planetas.
Para aproximarse a la comprensión de las operaciones que antes hemos relatado es aconsejable releer el fragmento bíblico del sueño de Jacob (figura 67), que señala el lugar secreto donde empieza el proceso de la Gran Obra. El texto sagrado dice así: «Y [Jacob] llegó al lugar y se alojó allí, ya que el sol se ponía; cogió una de las piedras del lugar y la puso como cabecera y se acostó en este lugar. Y soñó: he aquí una escalera colocada sobre la tierra, y su cabeza llegaba hasta los cielos; y he aquí a los ángeles de Dios subiendo y bajando por ella. [...] Y Jacob se despertó de su sueño y dijo: ciertamente, el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Tuvo miedo y dijo: ¡qué temible es este lugar! Esto no es nada si no es la casa de Dios y la puerta de los cielos» (Génesis 28, 10ss).
Cuando Jacob se despierta, sobrecogido por el temor, conoce el fundamento secreto de la creación del mundo. La transmisión de dicho secreto se ha comparado a la propia filiación humana, de ahí que el culto a los ancestros estuviera tan extendido entre los antiguos. Ingentes tesoros acompañaban sus restos mortales, como la famosa máscara de Agamenón (figura 68). Al honrar las cenizas de sus ancestros, los antiguos adoraban al dios interior, que es la simiente de la vida nueva y pura. No es casualidad que el oro vulgar tuviera un lugar tan preponderante entre los objetos que adornaban las tumbas, puesto que es el hermano del «oro oculto de los filósofos». Bajo múltiples símbolos la alquimia revela qué es el nuevo nacimiento del que hablan los textos sagrados. De la semilla de un gallo nace otro gallo, dicen los alquimistas, del grano de trigo germina el trigo, así pues, de la semiente divina nace un dios. Los auténticos filósofos dan fe de que su Obra no es más que el crecimiento de dicha simiente. En los prolegómenos del mito de sucesión, la santa mitología de los griegos narra un pasaje cruel e incomprensible en el que Saturno castra a su padre, Cielo, y que éste, a su vez, es castrado por su hijo, Júpiter, siendo su miembro reproductor arrojado a la tierra. En los libros alquímicos (figura 69) se explica el significado de este relato fantástico; es un modo de enseñar cómo se trasmite la semilla divina a la tierra de los hombres o, dicho de otro modo, cómo el espíritu de los mundos busca fijarse y condensarse en un lugar, el «lugar terrible» que Jacob conoció gracias a su experiencia iniciática.
La leyenda del rey egipcio Osiris se refiere al mismo misterio. El hermano de Osiris, Tifón, cuyo corazón desbordaba envidia, decidió matar al rey para ocupar su lugar. Mediante un engaño lo encerró en un ataúd (figura 70), es decir, dio medida a lo inconmensurable, encerrando al alma del mundo en las tinieblas de la muerte. Cuando Basilio Valentín titula a la serie de grabados que analizamos, «La operación del misterio filosófico», se refiere a dónde y cómo puede encontrarse la semilla del oro celeste, enterrada en la estrechez y angustia del mundo caído a fin de que resucite y pueda, a su vez, ayudar a sus hermanos. Una insólita pintura de Schwabe (figura 71) invita a una doble lectura que puede ayudar en la comprensión de algunos detalles del misterio propuesto por Valentín. El cuadro se titulaEl dolor y, a primera vista, sugiere el sentimiento de dolor de una forma femenina que visita a sus muertos. No obstante, la composición de la pintura precisa de otra interpretación. La mujer camina por un lugar exageradamente estrecho, lo cual indicaría el lugar angosto de la encarnación. Tal es «el dolor»de los espíritus cuando adquieren un cuerpo en este bajo mundo. El sendero que sigue la mujer comienza junto a la luz celeste y desciende hasta las tumbas.
El texto de Valentín afirma que la desventura del anciano encerrado en la fosa es el primer paso para que «después de estas cosas [puedan poseerse] todos los tesoros del reino». Los tesoros del reino son los del reino de Plutón, el hermano de Júpiter que habitaba en el oscuro Hades, y cuyo nombre justamente significa «riqueza», por eso los espíritus desean encarnarse, para participar de esta riqueza. El mito más importante en el que interviene Plutón explica como éste raptó a su sobrina Perséfone para hacerla su esposa y habitara en su compañía en el templo de los infiernos (figura 72). Perséfone descendió al interior de la tierra y, gracias a la mediación de Zeus, salió de ella enriquecida, convertida en la diosa de la vegetación. Las semillas vegetales reproducen este proceso, puesto que no germinan si previamente no han sido soterradas y han sufrido la putrefacción. En la oscuridad del seno terrenal se enraíza la vida para crecer y dar frutos, tal parece ser la «operación del misterio filosófico». Evidentemente no se trata de una semilla de los mundos mixtos sino, como hemos visto, de la semilla divina. En términos de la cábala cristiana esta semilla es llamada «Ángel IAVE» y así es como William Blake nombró a la representación del sacerdote troyano, Laocoonte (figura 73). Según la antigua leyenda, éste sacerdote murió devorado por dos serpientes marinas, lo cual indica que la disolución es el paso previo al crecimiento de toda semilla como hemos explicado en la introducción general.
Un proverbio japonés dice: «Medianoche es la verdadera luz, el alba no es clara». El alba que perciben nuestros ojos exteriores, no muestra la luz verdadera que está oculta en la noche de ser. Cuando despierta ilumina con la luz pura y verdadera. En la tradición occidental se representa esta aurora filosófica por medio de un sol negro o de medianoche (figura 74). Por eso se celebra la Navidad, que es el nacimiento del Salvador, durante el solsticio de invierno; es decir, en la época del año que la noche es más larga. Del mismo modo que las semillas de las especies naturales germinan si son regadas, el «oro oculto de los filósofos» necesita del agua celeste para alzarse en medio de las tinieblas. Para recordar esta unión existe en la India la costumbre de poner un cántaro lleno de agua encima del linga de Shiva, que representa el falo generador del universo (figura 75); del cántaro cuelga una cuerda que se humedece con el agua del cántaro y va vertiendo poco a poco, gota a gota, agua sobre el falo. Sin la ayuda de la energía del cielo, el sol terrestre no podría germinar, por eso exclama: «Ayúdame y te ayudaré; es decir, ensánchame fuera de mi prisión, y si alguna vez consigues hacerme salir de ella, te haré dueño de la fortaleza en la que estoy. [...] Ayúdame a disolver y te ayudaré a congelar». (N. Valois, Los cinco libros)
Las dos serpientes que flanquean el caduceo de Mercurio (figura 76), representan el solve et coagula alquímicos. Primero la disolución o la muerte, después la coagulación o la resurrección; entonces es cuando, según Valentín, el rey-sol afirma: «de lo más bajo asciendo a lo más alto, la fuerza más baja de este mundo se une a la más alta». En la caligrafía japonesa (figura 77) está magistralmente sugerida la interrelación de lo más sutil con lo más pesado, de lo volátil con lo fijo. En todas las tradiciones espirituales se ha explicado con discreción el viaje iniciático por las tinieblas a fin de no confundirlo con experiencias de los mundos intermedios que sólo conducen a la disolución y jamás a la coagulación.
Como hemos dicho, «La operación del misterio filosófico» no difiere del crecimiento de un vegetal (figura 78), la diferencia está en la naturaleza de la semilla utilizada. Las formas creadas por genio artístico del arquitecto catalán, Antoni Gaudí, están tan llenas de fuerza, son tan vivas, que insinúan mejor que cualquier definición el despertar de la «semilla del oro» (figura 79).
Louis Cattiaux pintó varias versiones de una insólita crucifixión en la que el cuerpo está representado por un espacio vacío, delimitado por su silueta. La que aquí presentamos (figura 80) es una cruz y un árbol que crece a partir de tres raíces y que da siete frutos solares a un lado y siete frutos lunares al otro. La combinación del árbol-cruz con el sol y la luna que aparecen detrás forma la figura de mercurio. El mercurio filosófico emerge del mundo envilecido y muerto de la parte inferior gracias al influjo de una estrella. Sin representar la pasión, Cattiaux describe su verdadero misterio, del que brotará el árbol de la vida nueva.

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