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Corazón masón



Luis Pérez Martín en la plaza Weyler de Santa Cruz.
Luis Pérez Martín en la plaza Weyler de Santa Cruz.   josé luis gonzález
SOL RINCÓN BOROBIA Un día, Luis Pérez Martín comenzó a perder el hilo. Sus discursos eran inconexos, sus disertaciones carecían de sentido, y en sus clases, ante sus alumnos, pasaba de una asignatura a otra en cuestión de segundos. Algo le estaba pasando y él no se daba cuenta. No era consciente de lo que decía. Fueron sus colegas, los otros profesores, los que le advirtieron del problema. Así que acudió al médico para que le hiciera un chequeo.

Cuando salió de la consulta, no sólo lo hizo con el diagnóstico en el bolsillo, sino también con la solución a lo suyo: tenía que pisar freno, bajar el ritmo, reducir la marcha. Vamos, elegir la música o la enseñanza.

Llevaba demasiado tiempo trabajando 20 horas diarias. Cuando no estaba dando clases, tocaba en orquestas y bandas municipales. La última actuación la hacía siempre en el Puerto de la Cruz, donde acababa a las tres de la madrugada. Luego, entre que recogía, se ponía en camino y llegaba a Santa Cruz, le daban las cuatro y media. Y a las nueve en punto comenzaba sus clases en el desaparecido centro de San Ignacio de Loyola, en el barrio de Buenos Aires.

El colapso que sufrió fue un aviso serio y tuvo que aparcar la música. No le resultó fácil. Cuando veía tocar a la banda municipal de Santa Cruz se le saltaban las lágrimas. Le dolía no estar entre sus compañeros melómanos.

La música nunca fue un capricho o una distracción para Luis. Estudió en el Conservatorio Superior de Música y a los 21 años ya manejaba
12 instrumentos. De todo eso, poco ha cambiado. A sus 65 años sigue tocando, aunque ya no por dinero, sino para pasar un buen rato con sus amigos. Como algunos de ellos tienen bodegas, todos los lunes, en una o en otra, organizan comidas y le dan a las cuerdas un rato.
También sigue trabajando, y mucho, en la enseñanza. Lleva 25 años de inspector de la Consejería de Educación en la zona de Icod de los Vinos y El Tanque, donde hay 29 colegios que controlar.

Sin embargo, a pesar de que su vida está tan ocupada como antes, de que nunca fue capaz de dejar de hacer cosas, Luis no ha vuelto a perder pie. Ha encauzado su vida. Y lo ha hecho a través de la masonería, la medicina alternativa y el reiki.

"El reiki es el no va más. La energía cósmica pasa a través de ti y puedes ayudar a los demás", explica. Asegura que, sólo con sus manos, es capaz de hacer que las personas se sientan mejor, que eliminen sus dolencias, que recuperen su salud. No es sencillo. Hace falta estudiar mucho y practicar. Pero, una vez logrado, el grado de satisfacción que alcanza por haber hecho un bien es muy alto. También lo hace con la masonería.

Afirma que él es masón desde que nació, desde mucho antes de ingresar en una logia y pasar por los rituales de iniciación. Es lo que siente, lo que siempre ha barruntado su corazón.

En La Palma, de donde es, creció oyendo hablar de la masonería, algo que, al parecer, era muy habitual en esa Isla. Por eso, nunca le han sido ajenos ni extraños los objetivos, creencias y ceremonias de esta organización. Su abuelo también fue masón, aunque jamás lo desveló a su familia. De hecho, Luis se enteró una vez que murió, cuando un médico, también masón, se lo dijo y le mostró documentos que así lo acreditan. Resultaba lógico que su abuelo cerrara el pico y guardara el secreto, ya que la época que le tocó vivir era delicada, tiempos en los que la libertad estaba secuestrada y amordazada. Decir que uno era masón suponía la prisión, como poco. "Yo conocí a uno que sufrió diez cárceles y un destierro", informa.

Ahora las cosas han cambiado y Luis puede practicar la masonería sin miedo. Su dedicación, su fe y sus obras han hecho que haya escalado puestos hasta ser el nuevo Venerable de la Logia Añaza 33, además de templario, entre otros nombramientos.

"La masonería tiene como objetivo ayudar a los demás de forma incondicional y sin desvelar que les has ayudado", resume. Contiene todos los símbolos de las medicinas alternativas, y sus rituales, mil veces explicados en la literatura, facilitan a los miembros de las logias poder acceder a la energía que necesitan para luego revertirla en otras personas.

"No podemos hablar de los ritos. Lo que pasa en una tenida (reunión) se queda en la tenida, y ni siquiera se nos permite comentarlo con los miembros que no hayan acudido a esa reunión", explica. De todas formas, asegura que es muy difícil narrar lo que uno siente en los rituales. "No hay palabras. Hay que experimentarlo", indica.

En cualquier caso, a él le funciona. Le sirve para encajar todas las piezas que encienden el motor de su vida, que le impulsan a ser mejor persona y que le muestran el camino a seguir; un camino estrecho, con obstáculos y precipicios, pero en el que aprende muchas cosas cada día, a cada paso que da.

Esa senda, la de la vida misma, le recuerda uno de los lugares que más le gustan del mundo y en el que ya estuvo hace años, a finales de los 70. "Es el sitio más bonito de Canarias y es casi inaccesible" por los peligros que conlleva. Se trata del Barranco del Río, en La Palma, donde las aves son gigantes y los árboles tan altos que impresionan. "Allí no se puede ir sin expertos que conozcan el lugar. Yo fui con Luis, el canalero", informa.

El paisaje, con puentes estrechos sobre el vacío, paredes de roca que se hacen respetar, subidas empinadas y bajadas resbaladizas, impone bastante. No es un sitio al que Luis animaría a ir a sus hijos, pero él sí lo hizo. Tardó doce horas en subir y bajar. Claro que era más joven y hacía mucho deporte. Durante la mili ganó varias medallas de oro en diversas competiciones y también batió el récord de España en atletismo, en triple salto.

Recuerda que durante la excursión por el Barranco del Río hay un lugar clave: Lomo Corto. Es imprescindible no pararse allí, aunque apetezca. "Si lo haces, ya no puedes seguir. Es mejor continuar, continuar y continuar en caliente hasta el final" para no dar tiempo al cuerpo a que se rinda. Sólo así es posible llegar a la meta y disfrutar de las cascadas que salen de la roca.

En su vida, Luis Pérez Martín hace lo mismo. No da tregua a su mente ni a su cuerpo. Permanece activo al cien por cien y, si nació masón, como asegura, también morirá masón.

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