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EL RESPETO




EL RESPETO

El hombre y como tal el masón, pertenece a ese grupo animal llamado mamíferos, por esta condición de origen, vive en constante contradicción entre su necesidad de vivir en grupo, en el seno de este rebaño llamado Humanidad y la necesidad de mantener un espacio íntimo donde desarrollarse como individuo, manteniendo un constante difícil equilibrio, una convivencia frágil que se quiebra cada vez que el egoísmo, el egocentrismo o la egolatría emergen desde el fondo, de las entrañas de uno de nosotros.
En su afán de evitar estos enfrentamientos entre el derecho a la individualidad y la obligación de coexistir en armonía dentro de la manada, desde la noche de los tiempos, el hombre se ha dotado de normas que le permitan mantener esa ansiada equidad, normas que emanan de diferentes fuentes pero destinadas a desembocar en el mismo océano de la convivencia humana. Así surgieron costumbres, convencionalismos, preceptos, leyes, religiones, filosofías, políticas, y por qué no reconocerlo, también la masonería. 
Todo este conjunto de normas nacen así mismo, como obras humanas que son, impregnados del mismo constante estigma de la contradicción, penden de ese frágil hilo entre su acatamiento y el cambio para superarlos, generando la eterna dialéctica entre tradición y evolución.
El universo masónico ha tratado desde sus orígenes edificar la convivencia humana desde un templo íntimo y personal, basado exclusivamente en el libre albedrío del individuo para proyectarlo a la sociedad. La base sólida, los cimientos donde se apoya este templo que representamos cada uno de nosotros, es el RESPETO que como seres humanos todos merecemos, siendo tres las columnas que lo sustentan, la LIBERTAD de..., la IGUALDAD entre... y la FRATERNIDAD con...
Todos nosotros nos definimos como los HIJOS DE LA VIUDA, aceptando que nacemos con nuestro particular pecado original, la imperfección. Somos huérfanos de DOGMAS, sólo poseemos lejanos y difuminados recuerdos de la TRADICIÓN de nuestros antepasados y su camino de EVOLUCIÓN, plasmados en SÍMBOLOS inconcretos, una cantera donde cada uno de nosotros debemos recoger los sillares necesarios para construir las paredes de este edificio inconcluso e inconcluíble que somos cada uno de nosotros.
Así, todos nosotros nos vestimos con GUANTES BLANCOS para recordar que nunca debemos manchar nuestras manos con la ignominia, los chismes o la intolerancia, es decir, recordar que debemos RESPETAR a nuestros hermanos aunque no nos agraden.
Portamos un MANDIL de cuero, símbolo del trabajo que debemos desarrollar a lo largo de nuestra existencia, recordándonos la necesaria humildad para que cada uno de nosotros se preocupe por mejorarse a sí mismo, dejando que los otros, “el otro” lo haga con la misma libertad que nosotros lo hacemos, debemos RESPETAR a nuestros hermanos aunque no nos complazcan, porque quizá nosotros tampoco les complacemos a ellos.
Cuando nos iniciamos, recibimos una REGLA DE 24 PULGADAS que simboliza las 24 horas del día, se nos aconseja que dediquemos parte de esas horas a la reflexión personal, al conocimiento íntimo de nosotros mismos, a respetarnos a nosotros mismos, aprender a respetar al ajeno y poder, entonces, exigir ser respetados.
Vemos en cada tenida como en el Oriente el COMPÁS preside la reunión evocándonos los límites éticos y sociales que debemos acatar. Quizá sea aquí, en este límite, donde toma sentido aquella frase de que “NO DESEO QUE ME TOLEREN, SINO QUE EXIJO QUE ME RESPETEN”
Pero también, hay que reconocerlo, nosotros pisamos la tierra firme, ese SUELO AJEDREZADO con sus dos colores duales que simbolizan que nada es perfecto y mucho menos nosotros, ni como orden iniciática, ni como personas individuales; que no existen verdades absolutas, que la Masonería, su filosofía, no es ni la única ni la mejor. Y algo que se nos olvida con mucha facilidad, que la masonería no es ningún fin, ninguna meta, solamente es un sendero entre tantos otros, Sólo es un árbol más del extenso bosque donde recogemos la madera para construir las vigas de nuestro templo interior.
Así, al terminar los trabajos de cada día, para que no nos olvidemos, como desgraciadamente tantas veces hacemos, que la masonería sólo es una HERRAMIENTA y no un FIN, se nos recuerda que el masón debe continuar fuera, en el mundo profano, el trabajo que aquí hemos comenzado y que inmersos entre la gran manada de la Humanidad, seamos respetuosos con todos los humanos, cuando hayamos logrado serlo con nosotros mismos y nuestros hermanos,
Cuando me inicié, llegué cargado de ilusiones, pleno de vanidad, ansioso de aprender, orgulloso de pertenecer a la masonería, hoy en muchas... en demasiadas ocasiones me avergüenzo de ser masón. Me avergüenzo porque veo mis guantes, nuestros guantes, sucios de bajezas y chismes. Me avergüenzo porque mi mandil, nuestros mandiles, se descoloran por la falsa humildad y el exceso de egoísmo. Me avergüenzo sobre todo, porque es ahí, en la falta de RESPETO hacia el resto de los hermanos, donde nacen muchas veces los tres males que aquejan a la sociedad, la ignorancia, el fanatismo y la ambición. Me avergüenzo cuando observo que en tantas ocasiones se cae en el error de detenerse en el sendero, arrodillándose para adorar a esa falsa Divinidad llamada Masonería y la vaciamos de contenido real, regocijándonos mirándonos al ombligo; cuando constato como se transmuta, haciendo que la masonería sea el motivo de nuestra vida y no nuestra vida el motivo de la masonería.

Mario Rolleri Muente

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