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La escuela como un lugar especial


La escuela como un lugar especial
La escuela es el lugar por excelencia para el maestro. Basándome en mis lecturas sobre Paulo Freire, me gustaría hablar de la escuela como un lugar especial, un lugar de esperanza y de lucha.
De la escuela se habla muy mal. Estamos acostumbrados a reclamarle a nuestros maestros como si ellos fuesen los responsables de todos los pesares de la humanidad. Pero la escuela es sin duda el lugar donde pasamos los mejores años de nuestras vidas infantiles y adolescentes. La escuela es un lugar hermoso, lleno de vida, independientemente de si cuenta con todas las condiciones o si falta todo, y es que, incluso cuando falta todo, la escuela tiene lo más esencial: la gente. Maestros, alumnos, obreros, directores, cada uno intentando hacer lo que les parece más apropiado. No siempre triunfan en su objetivo, pero siempre lo intentan. Por eso, necesitamos hablar más sobre nuestras escuelas y nuestra educación.

La escuela es un espacio de relaciones. En este sentido, cada escuela es única, fruto de su historia particular, de su proyecto y sus agentes. El hecho de que sea un lugar de personas y relaciones, la hace también un espacio para las representaciones sociales. Como institución social, la escuela ha aportado mucho tanto en la preservación como en la transformación de la sociedad. Desde una perspectiva transformadora, la escuela tiene un papel principalmente crítico y creativo.

La escuela no es sólo un lugar para estudiar, también es un lugar de encuentro donde la gente conversa, discute, argumenta y hace política. Lo que ya está escrito, lo que ya se sabe, lo que ya está establecido debe ser motivo de insatisfacción. Sólo la escuela autoritaria es armoniosa. La escuela no es un espacio físico, al contrario, es por encima de todas las cosas, una manera de ser, una forma diferente de ver el mundo, definida por las relaciones sociales que desarrolla y, si desea sobrevivir como institución, necesita buscar lo que es inherente a ella.

La escuela no puede cambiar todo y mucho menos cambiarse a si misma, su existencia está estrechamente vinculada con la sociedad que la mantiene.

La escuela, al mismo tiempo, también es un factor productivo de la sociedad.

Como institución social depende de la sociedad y para transformarse, depende también de las relaciones que mantenga con otras escuelas, con las familias, de aprender conjuntamente con ellas, de establecer alianzas con la sociedad, con la población.

No somos seres determinados, sin embargo, nuestra condición de seres inconclusos, inacabados e incompletos nos hace seres condicionados. Lo que aprendemos depende de las condiciones de aprendizaje. Estamos programados para aprender, pero lo que aprendemos depende del tipo de comunidad de aprendizaje a la que pertenecemos. Nuestra primera comunidad de aprendizaje es la familia, el grupo social de la infancia. Allí radica la importancia de esta condición en el desarrollo futuro del niño o niña. La escuela, como segunda comunidad de aprendizaje del infante, necesita tomar en cuenta la comunidad no escolar de los aprendices. Es más, todos necesitamos tiempo para aprender, en la escuela, en la familia, en la ciudad.

Cuando los padres, madres u otros responsables siguen de cerca la vida escolar de sus hijos, las posibilidades de que el niño aprenda aumentan considerablemente. Los padres necesitan seguir
aprendiendo. Si la calidad de la enseñanza equivale a un alumno que aprende, es necesario que él lo sepa: hay que “acordar” todo con él, involucrarlos como protagonistas de cualquier cambio educativo. El fracaso de muchos proyectos educativos radica en el hecho de desconocer la participación del estudiante. El alumno aprende cuando el maestro aprende; ambos aprenden cuando investigan.

Como dice Paulo Freire, “no hay enseñanza sin investigación, ni investigación sin enseñanza. Ambas tareas van juntas al cuerpo de la otra. Mientras enseño, continúo buscando,  documentándome.
Enseño porque busco, porque indagué, porque indago y me preguntó a mi mismo. Investigo para constatar, cuando constato, intervengo, al intervenir educo y me educo. Investigo para conocer lo que aún no conozco y difundir o informar sobre lo que hay de nuevo” (Freire, 1997, p. 32).

Hoy en día, vivimos en una sociedad de redes y movimientos, una sociedad que dispone de múltiples opciones de aprendizaje conocida como la “sociedad aprendiente”, en la cual las consecuencias para la escuela, el maestro y la educación en general son enormes.
Aprender a pensar con autonomía adquiere especial importancia en este sentido, al igual que saber comunicarse, saber investigar, saber hacer, tener raciocinio lógico, aprender a trabajar en equipo, hacer resúmenes y elaborar teorías, saber organizar el trabajo propio, tener disciplina, ser sujeto de la construcción del conocimiento, estar abierto a nuevos aprendizajes, conocer las fuentes de información, saber articular el conocimiento con la práctica y con otros saberes.

Dentro de ese contexto de adentramiento en la información, el maestro constituye más un mediador del conocimiento, una persona que formula los problemas. El alumno necesita construir y reconstruir el conocimiento a partir de lo que hace. Para ello, el
maestro también debe ser curioso, buscarle el sentido a lo que hace y utilizar nuevos sentidos para el quehacer de sus alumnos. El maestro dejará de ser entonces una persona que enseña y se convertirá en una persona que organiza el conocimiento y el aprendizaje. Cabría decir
que el maestro se transformó en un aprendiz permanente, un constructor de sentidos, un colaborador y, sobretodo, un organizador del aprendizaje. No se puede concebir la enseñanza
y aprendizaje sin considerar la “búsqueda, la belleza y la alegría”, nos recordaba Paulo Freire.

La estética no está separada de la ética y éstas aparecerán cuando exista placer y sentido en el conocimiento que construimos. Por tal motivo, es necesario que sepamos también el qué, por qué y para qué estamos aprendiendo.

Nadie niega la importancia de la Educación Básica para formar ciudadanos y como forma de prepararlos para el trabajo. No obstante, muchos cuestionan la utilidad de esos años de estudio. Por ende, resulta indispensable saber distinguir lo esencial de lo secundario; saber distinguir lo estructural de lo conjetural es fundamental; en fin, saber adónde queremos llegar es crucial. ¿Educar para qué? ¿Cuál es el mundo que soñamos? ¿Cómo educar para lograr ese otro mundo posible? La educación básica es la consecuencia de un largo proceso de comprensión/percepción de lo que es esencial, de lo que es permanente, y también de lo transitorio, de manera tal que un ciudadano pueda ejercer críticamente su ciudadanía y construya un proyecto de vida, que considere las dimensiones individuales y colectivas con condición para vivir bien en sociedad.

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