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SARMIENTO: Sencillamente, un hombre de progreso

Juan José Cresto
Para LA NACION

Fue revolucionario en el sentido de que rompió la anomia de su tiempo. Lo fue también en sentido personal, porque se atrevió a atravesar las barreras ideológicas de su época, de expresar públicamente las apetencias y necesidades de la sociedad. Fue el primero que planteó la realidad, como política originaria, de educar al pueblo, de tal modo que, pese a su naturaleza polifacética, bien se lo puede considerar un maestro. Por supuesto, maestro de escuela, instructor de niños, enseñante de pueblos.

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Sencillamente, Sarmiento era un hombre de progreso, ese viejo término que hoy, a través de la sofisticación absurda del lenguaje, llamamos desarrollo. Perteneció a una generación que tenía todo por hacer. España, que descubrió, conquistó y colonizó los territorios americanos le dio a lo largo de varios siglos la propia impronta de su carácter nacional. No pensó en el progreso porque tampoco lo aplicó en su propio país, lo que puede comprobarse observando los índices de crecimiento y riqueza entre el período de oro de los Reyes Católicos y la lamentable monarquía de Fernando VII de la dinastía de Borbón. Se trató de un largo período de declinación que transmitió a sus colonias, pero que, de todos modos, resulta ser un formidable esfuerzo, aún más meritorio por su propia escasez de recursos.

Pero España transmitió también sus costumbres y su sentido de tradición, que los gobiernos de la nación independiente heredaron y no pudieron cambiar hasta 1852. Las guerras por la independencia en la Primera Junta y las reyertas por la Organización Nacional, después, llevaron al país a una situación de penosa debilidad.

Recién después de Caseros, la llamada Generación de la Organización Nacional es la que inicia por fin el desarrollo, pese a tantos obstáculos, como lo fueron las guerras sociales; las luchas contra los caudillos levantiscos, algunos de ellos con argumentos válidos y justificados; las guerras externas, como la de Brasil y la del Paraguay, y, la peor de todas, la lucha contra el desierto, por la falta de población, con el permanente enfrentamiento contra los indígenas, transformados en un verdadero poder interno, llevaron a aquellos primeros dirigentes a enfrentar las dificultades con escasos medios económicos, militares y presupuestarios. Sin embargo, había, dentro de esta Argentina heroica, primitiva, que asomó al mundo en los primeros tiempos, barrida por las pestes, sin puerto de acceso, con poca población y un fermento de progreso, un deseo de mejoramiento que se hizo realidad en el período de los primeros presidentes. Sarmiento fue uno de ellos.

Para lograr un país mejor había que modificar muchas cosas en la sociedad y en la legislación. La tenencia de la tierra pública, la acumulación de predios fiscales, teniendo en cuenta que durante la colonia éstos eran de propiedad de la Corona exclusivamente, pero había permitido la titularidad de vastas extensiones a pocas personas.

Las libertades públicas fueron sus banderas, como lo fue la alternancia en el poder por la que había luchado con tanto denuedo y criticado justificadamente a Rosas, quien no se retiró de su cargo.

La elevación de la mujer fue tan importante que Sarmiento y Rivadavia son considerados dos estadistas que se destacaron con prioridad sobre otros de la América española para darle al sexo femenino -madre, esposa, hija- los beneficios equiparables al hombre. El ingreso de las "maestras norteamericanas" que trajo a la Argentina fue el semillero de la "maestra normal"; ellas fueron quienes más contribuyeron hasta 1945 en el combate contra el analfabetismo, que cambió el perfil de la sociedad argentina y la diferenció de otras de América latina.

Contra tantas adversidades -a las que se sumaron las pestes-, el Sarmiento periodista se transforma en el Sarmiento estadista, que tiene que luchar para imponer los principios civilizados. Y ésa fue su labor y ésa fue su grandeza.

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¿Por qué rendimos homenaje a Sarmiento y por qué lo consideramos una de las grandes personalidades de nuestro país?

No lo es por haber sido un estadista ni un verdadero maestro de nuestra población, el primero que comprendió que el porvenir de la patria estaba en las aulas y con los niños; no lo es la formidable herencia literaria que dejó, reunida apresuradamente en 52 volúmenes, lo que nos dice de su enorme envergadura como escritor, además de incluir en esos tomos su obra Facundo , considerada uno de los clásicos del continente hispanoamericano. No lo fue, tampoco, por la legislación renovadora que impuso a la Argentina, a tal punto que se ha dicho con propiedad que si él no hubiera existido, otro muy diferente -y mucho más pobre- hubiera sido nuestro país; lo fue, sí, por su obra de conjunto, por la impresión que sus cargos imprimieron en la sociedad argentina.

Por lo dicho, Sarmiento es una de las mayores figuras que ha producido la tierra de los argentinos. Si él no hubiera existido, muy diferente hubiera sido nuestro país. Y para rubricar estas palabras nos basta con transcribir un párrafo de su mayor detractor, quien lo hizo por razones religiosas, el escritor Manuel Gálvez, según dice en su libro sobre Sarmiento: "?como ciudadano y como hombre, es evidente que fue un héroe del progreso material y de la cultura popular, un héroe civil tan útil para la patria como los que la defendieron con las armas? débele mucho nuestra actual grandeza de la que fue uno de sus auténticos constructores? si Sarmiento no hubiese existido, la Argentina no sería hoy lo que es".

A 200 años de su nacimiento, el pueblo argentino le tributa un justiciero homenaje.
  • El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia

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