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EL APOSTOL S. JUAN –


Cortesia de  Lindsay Alicia Galdos Del Carpio
  
 La muerte del último apóstol
Murió anciano, siendo emperador Trajano hacia el año 104, setenta años después de la Ascensión del Señor a los cielos. Su sepultura en Efeso está atestiguada desde el siglo II y allí parece que residió los últimos años de su vida después de un exilio en la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis con especial iluminación divina. 

Es de destacar que no consta que muriese de martirio, aunque parece que lo padeció y no murió por intervención milagrosa de Dios. El Apóstol más agudo en el conocimiento de nuestro Señor y que más intimidad tuvo con la Madre de Dios debía dar testimonio con su muerte en la ancianidad. La vejez hace de la muerte una compañera de camino muy cercana, pues ha visto muchos fallecimientos, adquiriendo así esa sabiduría que sólo dan los años. Sin embargo, para Juan la muerte es especial, distinta a los demás ancianos porque había visto morir a Jesús, y vio subir al cielo con cuerpo y alma a la Madre del Señor.

Esas dos experiencias marcan el sentido de la muerte para el apóstol Juan de una manera decisiva, sin olvidar lo ya sabido por la revelación de Dios a Israel y la misma experiencia humana.
Juan sabía que el privilegio de la inmortalidad le fue negado al hombre después del pecado de Adán y Eva. No es la pena más grave después del pecado original, pero no es prudente despreciarla. La muerte se transformó de ser un dulce tránsito en un terrible castigo.

No sabemos cómo tendría Dios previsto el paso de los hombres a la vida eterna si no hubiese existido el pecado; lo más probable es pensar en un tiempo de prueba -oportunidad de amar- y una vez consolidado el libre amor, transformar los cuerpos y las almas en más gloriosos en un Paraíso celeste superior al terrenal, pues el cielo es vivir plenamente en Dios y confirmados en esa felicidad.
La experiencia de la edad influye en Juan para ver claramente la vanidad de las cosas. El cuerpo se debilita, envejece, se llena de achaques y limitaciones en todos los sentidos, hasta que se acaba la vida y el alma se separa del cuerpo. Al poco tiempo el cuerpo se descompone convirtiéndose en menos que polvo. Asusta contemplar como se descompone un cadáver. Se ha dicho que "lo que llamáis capa vegetal de la tierra no son sino miles de sudarios superpuestos de miles de generaciones".

¡Nadie escapa de la decandencia del cuerpo, ni de la muerte! ¡Nadie!

En cuanto al alma ocurre algo peculiar. En algunos las facultades disminuyen de tal modo que su actividad intelectual, o simplemente humana, puede llegar a ser casi nula. Otros mejoran esa actividad, aunque el cuerpo envejezca, adquiriendo una madurez y una sabiduría admirables. Unos aprenden viviendo, otros no aprenden nada. Muchos casos habría visto Juan que le preparan para bien morir.

Unos mueren alegres, otros mueren rabiando. A muchos les sorprende la muerte como si no supiesen que también iba para ellos; otros la esperan gozosos como el que espera abrir la puerta de la dicha eterna. Algunos desesperados, otros con esperanza optimista. Unos con dolor, otros dulcemente. Hay a quien le sorprende la muerte de un modo repentino; en cambio a otros les avisa y casi deciden ellos cuándo les parece bien dar el último paso. Hay tantas muertes como hombres. Y Juan vería muchas.

La Sagrada Escritura recuerda algunas muertes tremendas como la de la perversa reina Jezabel comida por los perros, y quizá Juan mismo fue testigo de la horrible y repentina muerte del perverso Herodes comido de gusanos delante de todos. Sería particularmente doloroso para Juan recordar la muerte del traidor Judas que se suicidó.

La duración de la vida es insegura. Nadie sabe cuanto tiempo vivirá. Es más, la experiencia de la fluidez del tiempo y sin posibilidad de recuperar es un gran interrogante. Algunos aprovechan el tiempo como un tesoro: "El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio,por amor de Dios!" . Juan sabía bien que el sentido de la vida lo da la eternidad, no el número de años.

La muerte de Jesús es la luz fundamental para entender la muerte y aprender a morir. Juan había estado al pie de la Cruz viendo la lenta agonía de su querido Maestro. Pudo escuchar las siete palabras que dejan entrever la intensidad de la oración de Cristo y su inmenso dolor como un océano de lágrimas que ahoga el fuego del infierno.

Jesús sufrió todos los dolores que los hombres pueden pasar en el cuerpo y en el alma. Hambre, sueño, angustia, sudor de sangre, latigazos en todo el golpe, golpes innumerables, los clavos atravesando sus manos y sus pies, la asfixia de la respiración casi imposible, los calambres, las fiebres,sed lacerante, los calores y los sudores fríos. Y junto a ellos el dolor del alma al saber que, a pesar de todo, muchos no se salvarían permaneciendo obstinadamente en el pecado. Y lo más fuerte de todo era esa extraña separación del Padre que le hace tomar las palabras del salmo 21: "¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Tres horas de agonía anunciada con total conciencia del sufrimiento que iba a padecer, sin el lenitivo de la inconsciencia y sin ningún atenuante. ¿Cómo podía olvidar Juan aquellas horas tremendas?

El gran grito final resonaría en sus oídos con una fuerza extraordinaria: "Y Jesús, dando una gran voz, expiró", Juan lo expresa con más precisión pues escribe: "entregó el espíritu" . La potencia de la gran voz indica que Jesús tenía fuerza y entregó su vida cuando quiso, como ya había profetizado. Los soldados se sorprendieron de la muerte de Jesús, anterior a la de los otros dos crucificados, y los fenómenos del cielo y la tierra confirmaban lo extraño de aquella muerte misteriosa pues se hizo de noche y se produjo un terremoto que llenó de pavor a todos; las piedras se quebraron. Era un grito de libertad y de entrega. Aquella voz sólo se puede entender como la libertad de la entrega. Cristo llevó la libertad humana al extremo de la entrega amorosa al Padre y a los hombres.

La última palabra de Jesús confirma el sentido del gran grito. La cuenta Lucas: "Y Jesús, dando una gran voz, dijo: En tus manos encomiendo mi espíritu" . O como escribe Juan: "Consumatum est (está cumplido)" . El amor y la justicia se unen en el Sacrificio perfecto realizado por el Sacerdote perfecto, Jesucristo, que se entrega a la muerte por amor, anulando los sacrificios de la antigua ley en un sacrificio de valor infinito del Hombre-Dios.

Juan, mirando a Cristo muerto, sabe que la muerte ha sido vencida, pues ya no es una puerta al infierno, sino al cielo para los que quieren unirse a Cristo. Los dolores de la muerte son una oportunidad de unirse a Cristo Redentor. La posible agonía de su amado Jesús desparece por fin.
Cristo resucitado le completaría el sentido la muerte. Juan ha visto la gloria del cuerpo de Jesús. Las heridas de los clavos son ya condecoraciones, y todo el cuerpo del Señor habla de gloria. Las palabras de Cristo resucitado son un canto a la esperanza y la alegría. Las penas de la muerte estaban allí pero se convertían de castigo en salvación.

La Asunción de María en cuerpo a los cielos fue otro espaldarazo a la fe y la esperanza de Juan. No sabemos cuántos años vivió con la Madre de Dios, pero no es difícil suponer que estuvo con ella hasta el momento tan deseado y feliz de su tránsito al cielo con su divino Hijo. El cuerpo de María no conoció la corrupción como no la había experimentado su alma, y en el momento adecuado Dios la toma toda para sí y la glorifica como a Jesús. Le dió un tiempo para ayudar a aquellos hijos que obedecían a su Hijo, hasta que ya no fue tan necesaria su presencia en la tierra.

Estas luces sobre la muerte nos permiten conocer a un Juan que sabe morir. La muerte ya no era para él una enemiga que roba la vida, sus placeres, y los escasos éxitos conseguidos. Sino que la muerte es una puerta abierta hacia la comunión definitiva con el Amado que espera el alma purificada en un abrazo infinito. La muerte de Juan anciano enseña a morir como Dios quiera, cuando Dios quiera y del modo que estime más conveniente, pero con ansias vivas de eternidad.

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