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EL SIMBOLISMO DE LA FRANC-MASONERIA

Introducción


En esta revista dedicada estudio del simbolismo universal, no podían faltar algunas reflexiones sobre el importante simbolismo de la Masonería, la cual representa, junto a la tradición Hermética-Alquímica, la única vía iniciática no religiosa que pervive todavía en Europa y su área cultural de influencia. Y esto es así a pesar de que en la actualidad bastantes masones no conocen, o al menos conocen de forma muy limitada, el carácter simbólico e iniciático de su Orden. Algunos llegan incluso a negar ese aspecto esencial de la misma, creyendo que ésta sólo persigue fines sociales y filantrópicos. Incluso hay otros que sólo ven en la riqueza simbólica de la Masonería una fuente inagotable en donde alimentar sus propias fantasías "ocultistas", tan de moda hoy día. Sin duda, esta suplantación de los verdaderos fines de la Masonería y, por consiguiente, la infiltración de las "ideas" profanas, sólo podía suceder en una época que, como la nuestra, vive sumida en la más profunda oscuridad intelectual y espiritual como nunca se había conocido hasta ahora.
Debemos aclarar que aquí se va a hablar de la Masonería tradicional, es decir, de aquélla que mantiene vivos y permanentes, a través de los símbolos, los ritos y los mitos los lazos con las realidades cosmogónicas y metafísicas emanadas de la Gran Tradición Primordial, de la que la Masonería es (en verdad) una ramificación. A nuestro entender, y considerada de esta manera, la Masonería, al igual que cualquier otra organización tradicional, ofrece al hombre caído e ignorante los elementos necesarios para llevar a cabo su propia regeneración y evolución espiritual.
La estructura simbólica y ritual de la Masonería reconoce numerosas herencias procedentes de las diversas tradiciones que se han ido sucediendo en Occidente durante al menos los últimos dos mil años. Y este hecho, lejos de aparecer como un mero sincretismo, revela en esta Tradición una vitalidad y una capacidad de síntesis y de adaptación doctrinal que le ha valido el nombre de "arca tradicional de los símbolos". Todas esas herencias se han ido integrando con el transcurso del tiempo en el universo simbólico de la Masonería, amoldándose a su propia idiosincrasia particular. Procediendo de una tradición de constructores, no debe resultar extraño que la Masonería cumpla con la función de arca receptora, pues precisamente la construcción o edificación no tiene otra función que la de poner "a cubierto" o "al abrigo" de la intemperie o inclemencia del tiempo; pero, análogamente, cuando la construcción se entiende como algo sagrado -y este es el caso-está claro que ésta no hace sino proteger, y separar, del mundo profano (las tinieblas exteriores) todo aquello que corresponde al dominio estrictamente espiritual y metafísico. Por otro lado, este es precisamente el papel de los símbolos que aluden a las ideas de receptividad y concentración, como la misma arca, la copa, la caverna o el templo.
Siendo, como hemos dicho, una vía iniciática de orígenes artesanales, la Masonería ha tenido una especial sensibilidad hacia todas las corrientes tradicionales con las que ha entrado en contacto. Así, de entre esas corrientes merecen destacarse, además del Hermetismo, las que proceden del Cristianismo, del Judaísmo y de la antigua tradición greco-romana, y más concretamente del Pitagorismo. También podríamos mencionar a la todavía más antigua tradición egipcia, sobre todo en lo que se refiere a los símbolos cosmogónicos relacionados con la construcción, pues, como es sabido, el antiguo Egipto es en realidad uno de los centros sagrados de donde surgió gran parte del saber que contribuyó a conformar, con su influencia sobre los filósofos griegos, la concepción del mundo propia de la cultura occidental. De todas formas, la herencia egipcia se transmite a la Masonería a través fundamentalmente de la Alquimia hermética y del Pitagorismo.
Sin embargo, de esto que decimos no debe concluirse que la Masonería sea el "resultado" de la confluencia de todas esas tradiciones. Si así fuera, la Masonería vendría a ser una especie de collage o museo arqueológico donde tendrían cabida todas las reliquias del pasado encontradas aquí y allá, y catalogadas según la antigüedad respectiva de cada una de ellas. Evidentemente no queremos decir eso cuando hablamos de la herencia multisecular recibida por la Masonería. Cada tradición es legitimada y conformada por una "revelación" de orden divino acaecida, valga la paradoja, en un tiempo mítico, a-histórico y a-temporal.1
Dicha revelación es "única" para cada forma tradicional, que se constituye a partir de ella dándole su "sello" o "marca" particular, su estructura, y por tanto una función y un destino que cumplir en el escenario del tiempo de la historia. Otra cosa es que, por las circunstancias que fueren, una tradición reciba de otra (u otras) determinadas influencias por contacto o similitud, lo que muchas veces ha sido inevitable y hasta necesario. Pero de ninguna manera quiere esto decir que una tradición se "transforme" en otra, pues, como ocurre con cualquier ser vivo, cada una comprende un nacimiento, un desarrollo, una madurez, y finalmente una muerte. Aquello que se ha dado en llamar la "Unidad Trascendente de las Tradiciones", es bien distinto a una simple "uniformidad". Significa, fundamentalmente, que todas y cada una de ellas procede de una fuente única (la Tradición Primordial), que se manifiesta no en la forma o ropaje que puedan adoptar por circunstancias de tiempo y de lugar, sino precisamente en lo que constituye la "sabiduría perenne" contenida en el núcleo más interno y central de cada tradición. Lo que ocurre con respecto a la Masonería es que ésta no posee un carácter religioso, lo cual ha hecho posible su adaptación a todas las tradiciones, religiosas o no, con las que se ha relacionado a lo largo de la historia. Su simbólica iniciática, referida al arte de la construcción, entre otras cosas le ha servido de cobertura protectora, al mismo tiempo que le ha permitido amoldarse a cualquier "dogma" religioso o exotérico sin entrar en conflicto con él.
Un ejemplo de esto lo tenemos en las relaciones que durante toda la Edad Media occidental mantuvo la Masonería con el poder eclesiástico y con las diversas organizaciones iniciáticas del esoterismo cristiano. Por otro lado, si la Masonería, con ese espíritu de fraternidad y tolerancia que le caracteriza, no hubiera acogido en su seno esas diversas herencias, con toda seguridad éstas se habrían perdido definitivamente. Y es posiblemente esa capacidad receptora la que ha contribuido a fomentar esa ilusión de sincretismo que erróneamente algunos le adjudican. Empero, es todo lo contrario, pues la Masonería al "reunir lo disperso" no ha hecho sino conservar en sus estructuras simbólico-rituálicas la "memoria" de esas múltiples herencias, cumpliendo con ello un papel "totalizador" que tiene su razón de ser (y una razón de ser profunda) en este final de ciclo que estamos viviendo. En este sentido, y al igual que en el "arca" de Noé fueron encerradas, para que no perecieran, todas las "especies" que debían ser conservadas durante el cataclismo intermedio entre dos periodos cíclicos; el "arca" masónica también acoge todo lo que de válido debe conservarse hasta que a su vez el ciclo presente finalice, y que constituirá los "gérmenes" espirituales que se desarrollarán durante el transcurso del ciclo futuro. Precisamente, esta función recapituladora asumida por la Masonería tradicional hace pensar que ésta subsistirá hasta la consumación del ciclo, lo que por otro lado, y como señala un autor masón, "... está expresado simbólicamente por la fórmula ritual según la cual la Logia de San Juan está en el valle de Josafat", que, añadimos, es donde simbólicamente tendrá lugar lo que en el Cristianismo se denomina el "Juicio Final"2. En el mismo sentido, también se dice que la Logia masónica permanece "... en la más alta de las montañas y en el más profundo de los valles", aludiendo con ello al comienzo del ciclo (cuando el Paraiso se encontraba en la cima de la montaña del Purgatorio) y a su final (cuando la Verdad del conocimiento, representada por el estado edénico, "replegándose" en sí misma se ha hecho invisible a la mayoría de los hombres, ocultándose en el "mundo subterráneo"). Habría que decir, para completar esta simbólica cíclica, que el valle se corresponde con la caverna, la cual al estar en el interior de la montaña se sitúa por ello sobre un mismo eje que conecta la cúspide de la una con la base de la otra, uniendo de esta manera lo más "alto" (el principio) con lo más "bajo" (el final).

Francisco Ariza

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