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Vicente Blasco Ibáñez y la Masonería

Publicado por
Fuente: EL LIBRE PENSADOR

Retrato de Vicente Blasco Ibáñez,
 novelista y utópico francmasón
A los que investigamos y estudiamos asuntos y cuestiones tocantes a la Masonería, institución poco y mal conocida por el ciudadano de a pie, puede llamarnos vivamente la atención el enconado empeño de esta institución –que no es en absoluto nuevo, por otra parte— de dar como segura la adscripción a la misma de ciertos intelectuales y escritores sobre los que existen dudas de su filiación masónica, en claro menoscabo de otros que, efectivamente, se sabe que fueron iniciados en las logias sin ningún género de dudas y que están ahí para quien quiera reconocerlos y valorarlos. Será que el ser humano es proclive a desear lo que no tiene y a infravalorar lo cercano y propio, tendencia viciosa que podemos hacer extensiva en este caso particular a la muy digna Orden del compás y la escuadra; o, mejor dicho, a ciertos miembros de la misma, esos que confeccionan listados interminables de ilustres iniciados en los que cuelan verdad y mentira en el mismo saco.

Hace ya un puñado de años, a raíz de un artículo del profesor José Antonio García-Diego, titulado “Antonio Machado, masón”1, se dispararon las sospechas de que el poeta sevillano podría haber sido iniciado en la logia Mantua de Madrid. Fuimos varios, entre historiadores, periodistas y escritores, los que nos interesamos por el asunto, y aunque el tema todavía está debatiéndose en ciertos foros, hay que señalar que a fecha de hoy se carece de pruebas documentales que demuestren de alguna forma la adscripción de Antonio Machado a la Francmasonería. Por eso, hasta que se pueda probar, si es que se puede probar algún día, es de razón no mentarlo como masón en adelante.

Esa veleidad de señalar como iniciados, sin comprobaciones de ningún género, a notables personajes de la cultura y las letras (por no hablar aquí de reyes, nobles y ministros), hace que de pronto nos encontremos ante listados pasmosos que asombran y engañan al profano de buena fe, e indignan a la vez a los pocos que conocemos el percal. Y hablo de indignación porque esa ligereza con que algunos actúan a la hora de ofrecer semejante información –confusión, en este caso–, perjudica, y no poco, la imagen pública de la Masonería. En esto, como en otras cuestiones –conste que pasa en muchas instituciones–, una minoría zafia impone su mediocridad ante la pasividad general de quienes no se mueven para trabajar en positivo ni aunque los zurzan vivos. Qué le vamos a hacer… El ser humano es débil por naturaleza, y esa debilidad se refleja con rigor en las organizaciones, fundaciones o grupos de todo tipo y condición.

A lo largo de la historia, han sido plétora los escritores e intelectuales, músicos, científicos y hombres de mérito que se han acercado a la Francmasonería y que han formado parte de sus filas. La documentación histórica y los propios archivos de las logias no dejan lugar a dudas. Pero sin embargo, comprobamos con estupor que la misma institución arrumba algunos nombres destacados –o los pasa por alto, que aún es peor– y busca fuera lo que tiene dentro. Sería el caso, por ejemplo, del insigne Vicente Blasco Ibáñez, reconocido novelista y francmasón perseverante.

De don Antonio no tenemos evidencias de que fuese iniciado en la Francmasonería; pero de Blasco Ibáñez, en cambio, sí que las hay. Y no es que se ignore el dato de su adscripción, ni mucho menos, sino que se pasa un poco de puntillas sobre su nombre literario como si su figura y obra no fuesen tan importantes. Por eso pretendo reivindicarlo aquí hoy como escritor iniciado. Porque, además, tuvo siempre en la cabeza los principios esenciales que guían, o deben guiar, a cualquier masón del mundo.

Luis Manuel Lázaro, de la Universidad de Valencia, aportó en su día un trabajo interesante sobre Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton [Francia], 1928). Su estudio se titula “Blasco Ibáñez: Masonería, librepensamiento, republicanismo y educación”2. Como yo mismo escribo en mi artículo “El asunto literario en la investigación masonológica” [Revista Cultura Masónica, Año I, nº 4. Oviedo, julio 2010], «A lo largo del mismo se repasa y analiza el republicanismo blasquista y el interés masónico por la cuestión educativa, así como la imbricación entre Francmasonería y republicanismo en el levante de finales del XIX. Conviene recordar que Vicente Blasco Ibáñez, uno de los escritores más célebres de los adscritos sin ambages a la Masonería, es figura indiscutible de la literatura de entre siglos, y su obra ha dejado una huella indeleble en la historia literaria española».

Su esencia de republicano recalcitrante lleva al escritor, siendo todavía joven, por la senda del periodismo; fundó El pueblo, de inspiración netamente republicana. Por aquellos días, Blasco Ibáñez andaba enganchado al tirón del federalista republicano Pi i Margall. En 1909 localizamos su latido en Argentina, donde se establece como colono. En ese país fundó dos colonias agrícolas de carácter utópico, empresas que fracasaron por falta de capitalización, por fallos de gestión y porque los ideales no siempre casan con la realidad de la vida. Esta etapa es, desde mi punto de vista, la más curiosa de su biografía. En 1914 vemos al novelista en París, donde escribe Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), obra muy celebrada y de la que se han hecho muchísimas reediciones en todo el mundo. Vuelve luego a España, aunque durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera se exilia voluntariamente en su casa de Niza. De sus numerosas obras, recordaremos aquí La araña negra (1892) y La catedral (1903), dos novelas que contienen profusas referencias anticlericales.

Por lo que evidencia la documentación hallada y analizada, Vicente Blasco Ibáñez fue iniciado en la Masonería muy joven, a los veinte años recién cumplidos, el 6 de febrero de 1887, adoptando el nombre simbólico de Danton. Formó parte de la logia Unión nº 14 de Valencia y posteriormente estuvo integrado en la logia Acacia nº 25. Sabemos que el 3 de diciembre de 1888 pronunció un discurso –en calidad de maestro masón y Orador de la Augusta y Respetable Logia Capitular Acacia nº 25, de Valencia—, en tenida magna de adopción de lovetones. Aclaramos, de paso, que este tipo de ceremonias simbólicas de adopción infantil fue cayendo en desuso poco a poco, especialmente en países europeos occidentales, hasta desaparecer prácticamente de los rituales templarios habituales de la Orden. Hoy queda, en algunas Grandes Logias, como rito de carácter residual o testimonial.

Resulta un tanto enojoso ver cómo, en esas mal pergeñadas listas de masones célebres, aparece a veces Antonio Machado y no se anota, en cambio, el nombre, muy lustroso igualmente, de Vicente Blasco. Una pena. Y digo que es una pena porque se ofrece hacia el exterior una imagen poco seria de la institución, que al final es quien permite la publicación de dichos listados en multitud de medios y soportes varios. Es un ejemplo de los muchos que podríamos comentar, y que se dan de facto, ya que esos elencos suelen estar plagados de erratas; algunas, fruto de la ignorancia o la desidia de quien las comete, y la mayoría buscadas a conciencia con la intención de dorar, innecesariamente, los escaparates de la Orden. Me parece que a la Masonería no le hacen ninguna falta semejantes oropeles, ni esos lustres tan raros y espurios, sino los frutos que se derivan de la trayectoria honesta y del trabajo bien hecho y mejor comunicado a la sociedad. En este punto sí deberían esmerarse más las Obediencias.

Antes de acabar, permítaseme dejar constancia, por enésima vez, de que no fueron masones Samaniego, ni el Duque de Rivas, ni Espronceda, ni Mariano José de Larra; tampoco Echegaray, Juan Ramón Jiménez, Pérez Galdós, ni José Ortega y Gasset. Así que, a quien corresponda, ya puede sacarlos de las cansinas y exageradas listas al uso. ¿Acaso no le basta a la Masonería con lucir nombres de intelectuales y escritores universales iniciados –pero iniciados de verdad, y bien documentados– como Lessing, Goethe, Schlegel, Alfieri, Casanova, Jonathan Swift, James Thomson, De Amicis, Walter Scott, Rudyard Kipling, Rabindranath Tagore, Alexander Pope, Eugène Sue, Carlo Goldoni, Tolstoi, Alexander Pushkin, Oscar Wilde, Salvatore Quasimodo, Victor Hugo, Carducci, Robert Burus, Arthur Conan Doyle, Sthendal, Charles de Coster, Gabriel d’Annunzio, José Martí, Carmen de Burgos, José Rizal, Blasco Ibáñez, Clara Campoamor, Tomas Mann, etcétera?

Cualquiera que lea sus nombres, comprende enseguida que estos personajes han sido, son y serán autores de relumbre excepcional. ¿Qué necesidad hay de incurrir en la inexactitud cuando sobra buen material a espuertas para dar una veraz y fulgente información? Será, quizá, que la mucha luz deslumbra a más de uno y quedan perjudicados. O igual es que se lee poquito y resulta más cómodo inventar directamente o, peor aún, copiar los errores del vecino, en lugar de aprender e indagar por cuenta propia. En fin, está visto que la precisión y las buenas hechuras no siempre se encuentran donde uno las anhela descubrir. Alguno alegará –seguro– que esto de las listas es peccata minuta, y que mayores problemas tiene pendientes de resolver la Masonería. Y no seré yo quien, ante tal opinión, niegue la evidencia. Pero también es cierto que, como digo siempre, es en el detalle donde se aprecia la excelencia.

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