Como tradición sagrada que es, la riqueza simbólica de la Masonería promueve en el hombre la búsqueda del conocimiento de sí mismo, a la par que le ofrece los medios y los métodos para acceder a él, los cuales fundamentalmente se expresan como una didáctica que facilita el despertar de la conciencia, a la que restituye el recuerdo de su dimensión universal. Esta enseñanza se clasifica de; la siguiente manera en: a) símbolos visuales y gráficos; b) símbolos sonoros y vocales; y c) símbolos gestuales o ritos.
Entre los primeros se encuentran los de diseño geométrico, cuya diversificación es bien extensa, y de hecho a la Masonería se la suele identificar con la misma geometría, palabra derivada de Gea (tierra) y metrón (medida), es decir "medida de la tierra", lo que desde luego se relaciona con el oficio de constructor (y de agrimensor) en cuanto que éste delimita un espacio con el fin de realizar una obra arquitectónica. Entre los símbolos gráficos y visuales destacaremos el llamado "cuadro de la Logia" que es ya de por sí una síntesis simbólica de la Logia, y que de alguna manera resume la enseñanza iniciática contenida en cada uno de los tres primeros grados masónicos. Como todo símbolo que alude a las ideas de "encuadre" o "enmarque", el cuadro de la Logia protege una serie de elementos de carácter sagrado destinados a la meditación y contemplación. En esto es semejante a los mandalas o yantras de las tradiciones hindú y budista, modelos simbólicos que diseñan una imagen geométrica del universo. Son, por tanto, verdaderos soportes de meditación adecuados para generar en el hombre una visión y un conocimiento de su propia estructura interior, reflejada en la estructura del mundo. Hemos dicho que cada uno de los cuadros de Logia resume o sintetiza la enseñanza del grado al que pertenece, y esto es cierto en la medida en que en él se encuentran los símbolos visuales y gráficos más significativos e importantes. Se trata de las propias herramientas como son el mazo y el cincel, el nivel y la plomada, la regla de veinticuatro divisiones, el compás y la escuadra.
También hallamos el símbolo de la Delta, la estrella pentagramática, el sol y la luna, la piedra bruta, la piedra cúbica y la piedra cúbica en punta, el pavimento mosaico, el frontispicio del templo con las dos columnas Jakin y Boaz destacadas a uno y otro lado de la puerta de entrada a la Logia, etc. De alguno de estos símbolos trataremos.
Entre el segundo grupo de símbolos, los sonoros y vocales, encontramos las "palabras sagradas" y las "palabras de paso" (todas de origen hebreo y cristiano) y las leyendas de los distintos grados iniciáticos. Las palabras sagradas se relacionan directamente con lo que en Masonería se llama la "búsqueda de la Palabra perdida", que constituye el verdadero Nombre del Dios inefable, y cuya reconstitución equivale a "reunir lo disperso", es decir armonizar los distintos elementos del ser en la unidad de su principio divino o supraindividual. Todas las "palabras sagradas" que se dan desde el primero hasta el último grado, podrían visualizarse como una escala ordenada y jerarquizada que conduce a la "Palabra de Vida", que no es otra que el verbo interior luminoso y regenerativo propiciador del nacimiento espiritual.
En este sentido la vocalización de las palabras sagradas en la Masonería recuerda, en ciertos aspectos, las técnicas de pronunciación de los mantras, en uso entre las tradiciones hindú y budista. Como se ha repetido en diversas ocasiones, los mantras son sílabas y palabras de poder, generadoras de vibraciones sutiles que confieren la iluminación iniciática al transmitir la potencia del verbo divino inmanente en la propia realidad de la vida cósmica y humana. Las "palabras de paso" están estrechamente vinculadas a las "palabras sagradas". Como su propia definición indica las palabras de paso aluden al simbolismo de pasaje o de tránsito, es decir que contienen una clave (o llave) que abre la puerta a un espacio y tiempo interior sagrado y cualitativo. Hemos de decir que cada una de las palabras y letras de las lenguas sagradas tienen su propio valor numérico, y todo junto, palabras y números, conforman la "ciencia de los nombres", de por sí un código simbólico que expresa las diferentes lecturas de la realidad en los distintos niveles y planos en que se manifiesta.
En cuanto a las leyendas de los grados hay que ver en ellas como una especie de historia sagrada de la Masonería que permanentemente restituye el recuerdo y la memoria del tiempo mítico de los orígenes. Son relatos ejemplares, modelos a seguir por el iniciado y a través de los cuales éste se identifica con las hazañas y vivencias de sus antepasados, reactualizándolas en el tiempo presente, que de esta manera adquiere su verdadera cualidad.
Y el tercer grupo de símbolos alude, como se ha dicho, a los ritos. Y esta palabra, "rito", es idéntica fonética y etimológicamente al sánscrito rita, que significa orden. El rito sería, pues, la repetición de un gesto o acto ordenado. En realidad el rito iniciático (también religioso) es el símbolo mismo en acción ejecutado conforme a una idea o arquetipo, y a su vez el símbolo es la fijación de un rito primordial, tal cual el "gesto" del Gran Arquitecto creando el mundo. Si el trabajo con los símbolos gráficos y geométricos se basa fundamentalmente en la concentración y en los estudios de carácter intelectual, los ritos son una serie de gestos y posturas corporales que "fijan" en el plano psicosomático del ser la energía–fuerza que precisamente el símbolo geométrico vehicula. Estos gestos rituales masónicos son semejantes a los mudras hindúes y budistas, que a través de ciertas posturas y gestos manuales describen un lenguaje sagrado articulado por una cadencia rítmica que es en sí una "música visual". Esta misma relación símbolo–rito se puede extender también a los propiamente sonoros y vocales; todo ello expresa una unidad de pensamiento y acción que debe encarnarse en la realidad cotidiana y diaria, pues obviamente de nada serviría meditar en la energía salutífera de los símbolos después ésta no se lleva a la práctica de una manera ordenada y consciente.
Asimismo, el rito se cumple y desarrolla tanto en el tiempo como en el espacio; en el tiempo porque los trabajos masónicos se realizan desde mediodía en punto (cénit solar) hasta medianoche en punto (cénit polar); y en el espacio porque dichos trabajos se hacen siguiendo la dirección de los cuatro puntos cardinales, es decir de Oriente a Occidente y de Mediodía a Septentrión. En todo esto se reconoce una estructura circular y cruciforme que abarca conjuntamente el orden del macrocosmos y del microcosmos, religado ambos por la recreación de un gesto o rito común.
Ahora bien, estas tres categorías de símbolos masónicos (que por cierto se encuentran en todas las tradiciones) están ordenadas por la ley cualitativa del número, ya que tanto si se diseña una figura geométrica, se vocaliza un nombre divino, o se ejecuta un gesto ritual, no se está sino manifestando un ritmo interior que al exteriorizarse y plasmarse en la realidad concreta de las cosas, toma necesariamente una estructura numérica. A este respecto, dice José de Maistre en su libro Las veladas de San Petersburgo: "El Creador nos ha dado el número, y por el número es como se nos manifiesta, así como por el número el hombre se evidencia a su semejante; quitad el número y quitaréis las artes, las ciencias, la palabra y por consiguiente la inteligencia. Volvedle, y reaparecerán con él sus dos hijas celestiales, la armonía y la hermosura: el grito se convertirá en canto; el estrépito, en música; el salto, en danza; la fuerza se llamará dinámica, y los rasgos, figuras".



