Debemos situarnos, pues, en esa época crucial de la historia de Europa y Occidente que indudablemente fue la Edad Media. Allí encontramos a los gremios, o agrupaciones de constructores conocidos como los free–masons o franc–masones, que al estar exentos del impuesto de franquicia podían viajar y desplazarse libremente por todos los países de la cristiandad. De esa libertad de movimiento les venía dado, en parte, el nombre de "franc– masones", que quiere decir "albañiles, o constructores, libres". Decimos "en parte", porque, como muy acertadamente escribe Christian Jacq: "El franc–masón es el escultor de la piedra franca, es decir, de la piedra que puede ser tallada y esculpida... El 'masón franco' es sobre todo el artesano más hábil y más competente, el hombre que es libre de espíritu y que se libera de la materia por su arte... En numerosos textos medievales, el franc–masón es opuesto al simple albañil, que no conocía la utilización práctica y esotérica del compás, la escuadra y la regla". Así, pues, esos "masones francos" poseían sus misterios iniciáticos, y sus técnicas del oficio, relacionadas con la construcción, expresaban en el orden concreto de las cosas la realización efectiva de esos misterios.
En gran medida, esas técnicas los masones operativos las habían heredado directamente de los Collegia Fabrorum romanos, es decir, de las agrupaciones de constructores y artesanos cuyos orígenes se remontaban al legendario rey Numa. Al igual que ocurrió con la Masonería, Los Collegia Fabrorum también recogieron la herencia simbólica de tradiciones desaparecidas, la más notable de las cuales fue la tradición Etrusca, cuya cosmología pasó al Imperio Romano por el conducto de esos colegios. Es interesante resaltar que los Collegia Fabrorum veneraban muy especialmente al dios Jano Bifronte, llamado así porque poseía dos rostros, uno que miraba a la izquierda (a Occidente, el lado de la oscuridad), y otro a la derecha (a Oriente, el lado de la luz), abarcando de esta manera el mundo entero.
Si bien el simbolismo perteneciente a esta divinidad romana es bastante complejo, no obstante se sabe con seguridad que estaba relacionada con los misterios iniciáticos, concretamente con los ritos de "pasaje" o de "tránsito". En la Masonería operativa medieval esos mismos atributos pasaron a formar parte de los dos San Juan, cuyo nombre es idéntico al de Jano. Más, a través de los Collegia romanos, la Masonería recibió (entre otras fuentes de procedencia diversa) la cosmología de los pitagóricos, basada, como ya se ha mencionado, en las correspondencias simbólicas de los números y la geometría, ciencias y artes sagradas que precisamente tienen en la arquitectura sus aplicaciones más perfectas.
Entre los personajes conocidos que facilitaron esa labor de transmisión de la cosmología pitagórica (y también platónica) al Medioevo, merece destacarse, en el siglo VII, a Boecio, llamado el "último de los romanos" y autor de la Consolación de la Filosofía. Los estudios de Boecio sobre astronomía, geometría, aritmética y música, fueron realmente decisivos para el enriquecimiento de las "siete artes liberales", divididas en el trivium y el cuadrivium, de suma importancia en las enseñanzas de la masonería operativa. Por otro lado, la filosofía de Boecio influyó notoriamente en la literatura y el pensamiento esotérico de la Masonería tradicional de los siglos XVIII y XIX, por ejemplo en autores como Louis Claude de Saint Martin y José de Maistre.
Siguiendo con este orden de ideas, existió una leyenda difundida entre los masones de habla inglesa, según la cual un tal Peter Grower, originario de Grecia, trajo a los países anglosajones determinados conocimientos relativos al arte de la construcción. Algunos autores, entre ellos René Guénon, afirman que este personaje, Peter Grower, no era sino el mismo Pitágoras, o mejor dicho, la ciencia de los números y la geometría que a través de los pitagóricos se introdujeron en las islas británicas, al mismo tiempo que en todo el continente. En el mundo de la Tradición muchas veces los nombres de las personas, bien históricas o legendarias, designan, más que a esos personajes mismos, a los conocimientos que ellos vehicularon y que con frecuencia se transmitieron por el conducto de las escuelas o cofradías que fundaron. Es lo que en cierto modo ocurre también con el matemático griego Euclides, que es mencionado en los "Antiguos Deberes" –Old Charges–, los cuales representan una serie de documentos y escritos de la Masonería operativa donde fueron plasmados algunos eventos relacionados con la historia sagrada de la Orden masónica. En uno de esos documentos, el manuscrito Regius, se hace alusión a Euclides como el "padre" de la geometría, recalcándose que ésta no designa sino a la propia Masonería. En otros manuscritos se dice que el mismo Euclides fue discípulo de Abraham, lo que desde el punto de vista de la cronología histórica es un verdadero sin sentido, pues como se sabe Euclides vivió en Egipto durante el siglo III a. C., y Abraham dos mil años antes, aproximadamente.
Pero, teniendo en cuenta que se trata de historia sagrada, y no simplemente profana, lo que en verdad se quiere significar con esta leyenda es que Euclides fue el discípulo que recibió el saber que el Patriarca encarnaba, y que no era otro que el monoteísmo hebraico en su expresión cosmogónica y metafísica.
Resumiendo, en realidad todo esto alude a una transmisión de carácter sagrado efectuada de la tradición judía a la Orden masónica, lo que equivale a una auténtica "paternidad espiritual".
Sea como fuere, el legado de la cosmología greco–romana unida a la espiritualidad cristiana, dio como resultado la creación de la catedral gótica, edificada por los gremios de constructores. Una catedral, o un monasterio, es un compendio de sabiduría; en ella, grabada en la piedra, se plasman todas las ciencias y todas las artes, así como los diferentes episodios bíblicos que conforman la historia de la tradición judeo–cristiana. Allí aparecen los diversos reinos de la naturaleza, el mineral, el vegetal, el animal y el humano, lo mismo que las jerarquías angélicas que circundan el trono donde mora la deidad. Todo ello convierte la catedral en un libro de imágenes y símbolos herméticos reveladores de la estructura sutil y espiritual del cosmos. Esas columnas que se elevan verticalmente hacia otro espacio, uniendo la parte inferior (la tierra) a la superior (el cielo), esos arcos y bóvedas que semejan cristalizaciones de los movimientos circulares generados por los astros, esa luz solar que al penetrar a través del colorido polícromo de los vitrales se transforma en un fuego sutil que todo lo inunda; todo ello, decimos, nos permite reconocer la existencia de un espacio y un tiempo sagrados y significativos.
Este conjunto de equilibrios, módulos y formas armoniosas (que por reflejar la Belleza de la inteligencia divina se constituye en "resplandor de lo verdadero", como diría Platón) se genera a partir de un punto central, que a su vez es el "trazo" de un eje vertical invisible, pero cuya presencia es omnipresente en todo el templo. Este punto central no es otro que el "nudo vital" que cohesiona el edificio entero, y donde confluye y se expande, como si de una respiración se tratara, toda la estructura del mismo. Dicho "nudo vital" era bien conocido por los maestros de obra, que veían su reflejo en el ombligo, sede simbólica del "centro vital" del templo–cuerpo humano. Esa estructura del cosmos–catedral, imperceptible a los sentidos ordinarios, se percibe no obstante, gracias a la intuición intelectual y a las formas visibles del cielo y la tierra, que están simbolizadas por la bóveda y la base cuadrangular o rectangular, respectivamente. De ahí que la Masonería conciba el cosmos como una obra arquitectónica, y la divinidad, como el Gran Arquitecto del Universo, también llamado Espíritu de la Construcción Universal en otras tradiciones.
Cerca de las catedrales en construcción se encontraban los talleres o logias, en los que se trazaban y diseñaban los planos, se repartían los cargos, se hablaba de los detalles de la obra, y en definitiva se celebraban los ritos y ceremonias de iniciación. Estos talleres eran auténticos centros de enseñanza tradicional donde, además de las técnicas del oficio, se impartían los conocimientos cosmogónicos. Realmente en los talleres masónicos se conjugaban el arte y la ciencia, la práctica y la teoría, siguiendo así el famoso adagio escolástico según el cual la "ciencia sin el arte no es nada".
Cada Logia o taller estaba bajo la autoridad de un maestro arquitecto, que tenía a sus órdenes los oficiales compañeros (divididos en subgrados y funciones), que a su vez vigilaban y dirigían los trabajos de los aprendices. Esta estructura ternaria y jerarquizada de aprendiz, compañero y maestro se encuentra con los mismos o diferentes nombres unánimemente repartida en todas las organizaciones iniciáticas y esotéricas, pues dicha jerarquía expresa un modelo del proceso iniciático íntegro, que reproduce exactamente el desarrollo cosmogónico de las "tinieblas a la luz", del "caos al orden".
Uno de los pocos testimonios que se han conservado de los diseños realizados por los masones operativos es el álbum del arquitecto francés Villard de Honnecourt, al cual pertenece también el trazado de un laberinto, que por su forma es idéntico al de todos los laberintos iniciáticos: una serie de repliegues concéntricos que conducen, después de un largo recorrido que comienza en la periferia, al centro mismo del laberinto, o punto de contacto con el eje vertical por donde se produce la comunicación con los estados superiores y la "salida" definitiva del cosmos, es decir de los limites determinados por el tiempo –y su devenir cíclico– y el espacio.
Junto a los masones operativos encontramos a los sabios alquimistas y astrólogos, perfectos conocedores de las ciencias de la naturaleza aplicadas como símbolos vivos del proceso iniciático y regenerador. Ellos dotaron la catedral de numerosos símbolos basados en las correspondencias y analogías entre el macro y el microcosmos, el cielo y la tierra, la divinidad y el hombre, considerándose los legítimos herederos de la ciencia sagrada de Hermes Trismegisto. La "piedra bruta" que los masones pulían y tallaban con destino a la construcción, representaba, como ya hemos dicho, lo mismo que la "materia caótica" de los alquimistas: una imagen de la substancia plástica indiferenciada en la que están contenidas, en estado no desarrollado y potencial todas las posibilidades de manifestación de un mundo o de un ser.
La piedra estaba viva, no era simple materia inerte, y al mismo tiempo su dureza y estabilidad simbolizaban la inmutabilidad y firmeza del Espíritu. En todo esto, un hecho no debe pasar inadvertido; los alquimistas tenían como santo patrón a Santiago el Mayor, el que junto a San Juan Evangelista (patrón de los masones) y San Pedro (fundador de la Iglesia), asistió a los misterios de la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor. A partir de entonces un "lazo" fundamentado en un "Secreto" debía unir, por encima de las diferencias formales, a todos aquéllos que estaban bajo la protección de esos santos cristianos, una muestra de lo cual fueron las fraternales relaciones que se vivían durante las edificaciones de las iglesias–catedrales. Esa confraternidad entre alquimistas y masones debía perdurar aún hasta bien entrado el siglo XVIII.
La libertad de movimiento de que gozaban los masones francos, facilitaría los intercambios de conocimientos con otros gremios artesanales, entre los que destaca el llamado Compañerazgo, que agrupaba diversos oficios (entre ellos los talladores de piedra y escultores), y que, al igual que los masones, tenían sus grados y secretos de iniciación.
Asimismo, esos intercambios se dieron con las diversas órdenes monásticas y caballerescas. No hay que hacer, pues, un excesivo esfuerzo de imaginación para formarse una idea del clima espiritual que se respiraba en aquella fecunda y luminosa época. Aquí sí que habría que decir, sin temor a exagerar, que el saber no tenía fronteras. Y es más, la cordial convivencia habida entre las organizaciones iniciáticas y esotéricas, y aquéllas de carácter religioso y exotérico, testimoniaba el vigor y la salud de la tradición.
Los caballeros templarios, esos monjes guerreros que eran también constructores y cuyas reglas fueron inspiradas por San Bernardo, mantenían bajo su protección numerosas logias masónicas. Y esto no debe pasar inadvertido, pues cuando esta organización del esoterismo cristiano desapareció como tal en circunstancias sangrientas (debido a la confabulación del siniestro rey francés Felipe el Hermoso y del Papa Clemente V), esas mismas logias, sobre todo las de Inglaterra y Escocia, acogieron en su seno a muchos de los templarios supervivientes, los cuales traían consigo ciertos conocimientos iniciáticos de su Orden que acabarían por integrarse definitivamente en la estructura simbólica y ritual de la Masonería.
Digamos que de entre esas logias merece ser destacada la Gran Logia Real de Edimburgo, fundada por el rey Robert Bruce, que se opuso a aquella abolición combatiendo junto a los templarios. Resulta por lo menos significativo que la fecha de constitución de la Orden Real de Escocia sea la de 1314 (año en que se abolió el Temple), y que ésta tuviera como Logia Madre a la Orden Heredom de Kilwinning, algunos de cuyos rituales eran de inspiración templaría. Y esta palabra, heredom, significa "herencia", que no es otra que la recibida por los templarios. Desde luego no existen documentos escritos que atestigüen la realidad de esa herencia simbólica, aun siendo evidente que la hubo. Por tratarse de transferencias sagradas éstas tienen lugar primeramente en el plano estrictamente espiritual y metafísico, concretándose en el ámbito humano por mediación de individualidades (poco importa en este caso que sean conocidas o anónimas) que las realizan de manera efectiva Un hilo sutil y luminoso une el mundo superior al inferior, y el inferior al superior, y el mantenimiento de esa comunicación es una de las principales funciones que siempre han tenido las organizaciones tradicionales e iniciáticas.
Recordemos, en este sentido, que la palabra "tradición" procede del latín tradere, que significa "transmitir" –y por extensión herencia–, y transmisión de una verdad, volvemos a repetir, que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad, y que todas las civilizaciones han considerado como la fuente de su saber y cultura. Esencialmente los templarios transmitieron a la Masonería la idea de la edificación del templo espiritual "que no es hecho por manos de hombre" según el mensaje evangélico. Dicha idea quedó plasmada con la creación de ciertos altos grados, complementarios a la maestría, de procedencia tempIaria. Uno de los más notables, por su riqueza simbólica, es el grado de Royal Arch del Rito Inglés de Emulación.
La Orden del Temple (o del Templo), en su núcleo más interno era de esencia johánnica (lo mismo que la Masonería), pues se inspiraba en los misterios contenidos en el Evangelio y el Apocalipsis de San Juan. Asimismo los "Caballeros de Cristo" tenían como una de sus principales misiones la protección del Santo Sepulcro y el mantenimiento de las relaciones con la "Tierra Santa", es decir con el "Centro Supremo" o "Centro del Mundo". Con la desaparición del Temple, la Masonería tradicional (y aquí recalcamos lo de "tradicional"), al igual que la Orden hermética de la Rosa–Cruz, seguiría manteniendo para Occidente los vínculos con esa "Tierra Santa", también llamada en otras culturas "Tierra de los Inmortales" o "Tierra de los Bienaventurados".
Durante el Renacimiento la misma ausencia de documentos escritos encontramos en las relaciones que mantuvo el hermetismo cristiano y alquímico con la Masonería. Gracias a la recuperación de la filosofía platónica impulsada en Italia por Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola, en esa época se asiste a un nuevo resurgimiento de la tradición y del saber hermético, en el que hay que incluir la Magia Natural y la Cábala cristiana.
Libros como De Harmonia Mundi de Francesco Giorgi, La Cábala Denudata de J. Reuchlin, La Mónada Hieroglífica de John Dee, y la Filosofía Oculta de Cornelio Agripa, entre tantos otros, ejercieron una gran influencia en los círculos herméticos de toda Europa. En todo esto hay algo importante a señalar: debido a la confraternidad que se dio en el Medioevo entre las agrupaciones herméticas y los gremios de constructores, era perfectamente normal que en una época como el Renacimiento –en donde el soporte de una civilización tradicional estaba ya bastante debilitado– esos vinculos se fortalecieran con el fin de salvaguardar los valores de la tradición y la doctrina.



