La condición humana es el espacio que hay entre la esclavitud y la libertad, entre la vida y la muerte. Allí, el hombre existe en un mundo precario donde cada acción y cada paso adelante implican también el descubrimiento constante de otros misterios y de nuevas condiciones. Nuevas libertades también traen nuevos límites. Así, la historia del mundo describe una constante lucha contra la esclavitud y a la vez muestra como el hombre toma conciencia de sus límites y de sus posibilidades.
La esclavitud y libertad no existen una sin la otra como bien lo había visto Hegel. La lucha contra ese estado fatal de la vida es una realización que tiende a superar, o por lo menos, a mejorar sus condiciones existenciales.
El ser humano no puede esperar de realizarse plenamente en este mundo, ni conocer la realidad última, sin un compromiso completo de sí mismo y sin el resplandor de una cierta esperanza de un mundo mejor y libre de condicionamientos y alienación. La cuestión de la realización es inseparable de la libertad.
Si el hombre no rompe las cadenas que lo sujetan a sus comportamientos alienantes, queda condenado a la angustia y a la contradicción que se origina en el juego de contrarios que luchan entre el estado de esclavitud y la libertad.
La somnolencia y la inercia de la rutina lo mantendrán toda su vida en el estado pasivo de un animal doméstico y social envuelto en un mundo restricto a lo cotidiano. El movimiento que lleva al humano hacia la libertad no es una causa colectiva pero tampoco es solamente individual.
Cada individuo es único pero la calidad individual nace de una relación social y mundana donde el hombre está inserto. Una solución integral debe tener en cuenta esta paradoja. Y sobre todo descubrir dónde y cómo de resuelven los contrarios.
Hay un escollo importante a evitar: es aquél creado por nuestros propios conceptos y prejuicios.
La lucha por la libertad es quimérica e incesante. Esta es la tragedia de la condición humana: luchar sin el lastre de una esperanza, hacer nuevos mundos destruyendo otros. Siempre.
(1) Miguel de Unamuno, El sentimiento trágico de la vida, cap.1, 1913
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