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La Rueda del Devenir



Foto de Tony Iñiguez.

Llega en el hombre una fecha, en la que su alma se inquieta, y comienza a preguntarse, cosas que la razón no es capaz de responder. A veces interesantes, otras estúpidas también, la mar de veces inútiles, pero otras; muy pocas, iluminan su camino. Son tan pocas las de este género, que lejos de brindar respuestas, generan aun más preguntas y va el hombre de nuevo al comienzo. Esta es así descrita, la rueda del devenir. Gira y gira sin descanso la rueda y su motor, gira porque debe ser, porque alma y anima son movimiento constante, son cambio insistente. ¿Cómo cambiar lo variable y hacerlo permanente? ¿Cómo evitar la llegada de la persistente muerte? ¿Cómo entender la unidad si todos somos diferentes? ¿Por qué he nacido aquí? ¿Por qué he nacido así? Preguntas y más preguntas, que esperan por su respuesta.


Hombre portentoso, sabio e inteligente, aquel que dice haber sido, el creador de la rueda. Pero la verdad es otra, la verdad es que este hombre, solo es un hombre despierto, un hombre que pudo ver lo que otros no veían. La rueda está en todas partes; la naturaleza rueda. Este hombre, no creó nada, solo lo emuló, lo copio, lo hizo esquema evidente. Vio el hombre en su que hacer, que todo volvía, que todo se repetía. A un día seguía otro, a una estación la siguiente, toda ida tenía una vuelta, no había fricción, no había la resistencia de aquello que está quieto y va a moverse. Entonces, el hombre, al ver esto, no le quedo más remedio que decir, “todo se mueve”. En un principio, el sol alrededor de la tierra y luego esta, alrededor de aquel. En un principio, astros y planetas, giraban en danza permanente; luego la tierra da vueltas, no es el planeta o el astro; es la tierra la que baila, es la tierra la que esta alegre. Así al parecer de todos, y de todo lo existente, rodar es lo natural, rodar es lo pertinente.


De todo lo dicho antes, o ruedas o te detienes. La línea recta no existe, es solo aparente. Al nacer, el hombre escoge, rodar con el devenir. Al morir; detenerse. Así pues, lo vivo rueda, lo vivo no se detiene. Dos opciones tiene el hombre, que ha decidido rodar; la una, ser pasajero. La otra, conducir y decidir hacia donde irá. Pareciera cosa fácil, dejar de ser pasajero. Bajarse no es una opción, pues implicaría morir. Así que, este pasajero con ganas de manejar, deberá tomar la rienda, para poder gobernar; o lo hace por la fuerza, o lo hace en sana paz. Si lo hace por la fuerza, deberá ser muy audaz, porque quien sea que lleve las riendas, no las va a querer soltar. Pero el carro es interior, y por tanto el conductor, no es extraño al pasajero. No es con armas, no es con fuerza muscular, que el conductor cederá su puesto; el recaudo necesario, para tomar las riendas, es la virtud; pues virtuoso es el hombre que gobierna su destino. Y ahora la nueva pregunta; ¿Cómo puedo ser virtuoso?, la respuesta no es nada fácil, pues la virtud o más bien la virtuosidad es una condición, que muy difícilmente el hombre puede alcanzar. El hombre es capaz, sin duda, de practicar la virtud, pero de allí a ser virtuoso hay un camino tortuoso.


La virtud no es cosa fácil, es escarpada montaña, con filosos cantos y oscuras cavernas. Viven en ella bestias temerarias, que te engañan, que se ocultan tras apariencias diversas y hacen que tu ascenso se retarde, se incomode, se haga trance insoportable. La voluntad es herramienta confiable para intentar llegar a la cima, donde espera pacientemente, sentado el conductor. Al llegar, te dará un signo, una palabra y tocara tu ser, si has hecho bien el viaje, tan solo reirá amablemente y pondrá en tus manos la rienda. Toma el hombre así la responsabilidad de conducir su destino. Menuda dificultad, solo hay rienda; no hay carro, no hay caballos, no hay camino.


Hombre solo, rienda en mano, que otea el horizonte, después de mucho trabajo, ha llegado hasta la cima, ya es su propio conductor, ya no es un pasajero, ya gobierna; pero, ¡horror, horror, horror! ¡Desde la cima no hay más camino que bajar de la montaña! Tanto sufrir, tanto penar, tanto esfuerzo, tanto andar y andar, para solo darse cuenta, de que hay que regresar. Otra vez, la rueda, otra vez el ciclo, no es posible escapar.


Rueda, cárcel cruel, que te mantiene pagando una condena sin saber por qué. Es la rueda del devenir, extraña cosa simbólica, que no se ve, no se aprecia porque está dentro de ti. Misterioso calabozo que llevas contigo a cuestas, no tiene ventanas. No tiene puertas y sin embargo te encierra, no hay barrotes, no hay candados, ni cerraduras, de hecho la salida siempre es abierta, pero el hombre es incapaz de dar el paso; no saltará. Y así llega el día de la partida, el día en que el movimiento quedara atrás y recostado en su lecho, el hombre mirando al techo, se dice a sí mismo, todo está bien, he vivido, no me puedo quejar. ¿Vivió realmente este hombre, que tendido en su lecho espera por la partida?


Miremos con calma ahora, la tan cacareada rueda. Lo primero que hay que ver es ¿Cómo es? ¿Dónde se encuentra? Observa con atención, con mucho detenimiento y veras con gran sorpresa que tú eres centro en tu rueda; desde donde tú te encuentras, mires a donde mires, veras la rueda girar. Por ley natural entonces, eres el eje, el centro de la rueda de tu vida; visto así, parecería difícil entender porque todo gira, ya que el eje de la rueda esta fijo, él no gira. Sin embargo, hay que decir, que tu eres eje; si, claro que si. Pero solo de la rueda de tu vida, que a su vez está inmersa en la rueda de la vida de todos los que contigo comparten este universo. Todos y cada uno, son ejes de sus respectivas ruedas, tal cual es el engranaje del mecanismo de un reloj. Además, tu rueda no es lisa, es dentada y girara sin remedio, por efecto del contacto con la rueda de los demás. Detenido estás entonces, pero solo en tu universo, como cuando vas en un carro, desde fuera te ven moverte, aunque te mantengas inmóvil sentado en tu asiento. Así es como todo gira, todo está en movimiento, cuanto más gire tu rueda, mas hará que gire el resto; cuanto más gire cualquiera, hará que gires también. Ahora mira, mira atento, como se ve en todo esto, la unidad; el todo en el universo.


La rueda de la fortuna, la del destino, la del devenir, la del samsara, como quieras que la llamemos, representa como símbolo, la ley del Karma, la ley de los ciclos, la ley de reencarnación, todas leyes que en la rueda, no ven otra cosa que la repetición. Hoy eres causa, mañana efecto y luego causa otra vez, es así como funciona; es como debe ser. Pasa el hombre de un punto a otro, de un estado al siguiente, de una a otra postura, de una a otra situación y por ello cree que avanza, que se mueve en línea recta, pero el devenir es otro, repite la rueda su movimiento, una y otra vez y te da oportunidad de volver a hacer, de rectificar, porque el verdadero avance no es otro que resolver los asuntos que se presentan a diario, en armonía, bajo el imperio de la ley natural.


Natural entonces es, rodar, rodar y rodar, por el contrario, detenerse es nada más y nada menos, que enfrentar y resistir al resto del universo.


Y es entonces que alguien grita, en la carreta, en el carro:


- “¡Eh! … ¡Se quieren bajar!”.


Todo mundo se detiene, y miran con mucha curiosidad,


- ¿A quién se le ocurre ahora? ¿Quién quiere bajar? ¿Por qué no hace lo que todos? ¿Por qué no quiere rodar?


- Yo creo que se ha cansado, ¡Empújalo!, seguro vuelve a rodar.


Y lo empujan, una y otra vez lo empujan, pero no quiere seguir; ha decidido bajar.


- ¡Déjalo! El se lo pierde, déjalo y sigamos ya.


Y al bajar nuestro hombre, se da cuenta de algo extraño, cuando estaba en la carreta, en el carro, veía que todo giraba y él sentía que no rodaba, que estaba quieto, que no avanzaba. Pero al bajar, pudo notar que todo estaba quieto, que nada giraba ya, solo el carro se alejaba. Veía como los otros, rodaban y no paraban, su interés era continuar; sintió miedo, sintió por primera vez, la absoluta soledad. Bajo la vista y vio las riendas en sus manos, pero no hay carro, no hay caballos, no hay camino ahora, no hay razón para rodar.


Misterio extraño, misterio curioso, nunca nos damos cuenta que rodamos, que giramos. Solo nos es dado ver, a los demás rodar. Estemos donde estemos, nos vemos como el eje, pues centro del universo somos, cada uno por igual. Pero en algunos momentos, pasa algo, que nos permite mirar, no a nosotros, no a sí mismo, pero hay algo que nos dice, que rodábamos también y cuando esto sucede, cambia algo, acontece que por un segundo solamente, dejamos de creernos centro y comenzamos así a ver destellos, solo brillos, apenas atisbos de lo que es la unidad.


José Nicolás Quiles Pérez
M:.M:.P:.M:.
Ex V:.M:. (2012-2013)


Publicado 20th September 2012 por Nicolas Quiles















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