
Por Ricardo Fernández
Pasar la llana es una de las frases más repetidas en la masonería cuando surge un conflicto entre Hermanos. Cuando esto sucede, antes o después, habrá quien quiera zanjar el enfrentamiento sentenciando: “habrá que pasar la llana”, y hasta donde recuerdo nadie está en desacuerdo con esta frase.
El problema es que en los casos que he vivido todo se queda en eso: en decir que “hay que pasar la llana”, como si esa declaración de buenas intenciones solucionase, a lo bálsamo de Fierabrás, todo. Y lo cierto es que no soluciona nada ni deja a nadie mejor de lo que estaba antes. Con “pasar la llana” se quiere arreglar ese desperfecto en el muro que por un mal entendido, una frase desafortunada, un prurito personal excesivo lleva al roce, choque o franca pelea en el taller.
He visto que los que con más frecuencia acuden a la muletilla de “pasar la llana” suelen ser los que sienten preferencia por aquella estrategia de “dar tiempo al tiempo” y al “cuánto menos se hable de esto, mejor”. Suelen confiar en que “el tiempo todo lo arregla”, cuando lo cierto es que el tiempo no arregla nada; al contrario, añade silencio y pasividad para volver a acometer la necesaria aclaración de cómo o por qué se llegó a ese conflicto, quedando éste enquistado en el taller, reapareciendo bajos otras formas a lo largo del tiempo. Los defensores de “dar tiempo al tiempo”, siendo imposible que encuentren alguna vez ese “tiempo” adecuado, confían en que el aburrimiento de una de las partes en litigio deje el asunto desactivado. ¡Qué error! El asunto podrá “olvidarse” pero nunca arreglarse.
No dudo de que haya bien intencionados que de buena fe crean que lo de “dar tiempo al tiempo” sea la mejor opción, pero hay ocasiones en que tras esta recomendación y para algunos HH. lo que hay es simple y llanamente miedo a afrontar los problemas. Y es que hay Hermanos que le tienen alergia a eso de afrontar las crisis y hablar cara a cara; y sin diálogo lo de “pasar la llana” es un brindis al sol. Con decirlo quedas como el GADU pero no consigues nada.
Para pasar la llana y que quede la pared bien restaurada, sin rastro de desconchones ni humedades, antes de aplicar el acabado final, hay que picar y sanear bien la parte dañada, y eso puede llevar mucho tiempo, exigir mucho cuidado y sobre todo paciencia para no apresurarse antes de que todo haya quedado limpio y seco. Como quieras aparentar que “pasas la llana” y salir del paso, como los malos albañiles, antes o después el revoco caerá, la humedad aparecerá y la pared tendrá peor aspecto que al principio.
¿Y cómo se empieza a “pasar la llana” en un conflicto? ¿Cómo se pasa de lo simbólico a lo operativo de la solución del conflicto? Pues hablando. Que sin el diálogo abierto y claro todo es perder el tiempo… Y hablando a calzón quitado, sin todas esas formas metafóricas y sobreentendidas que son tan del gusto de muchos hermanos y hermanas, que se refugian en lo simbólico para eludir lo concreto; hablando tanto como sea necesario, sin límite de tiempo, poniendo encima de la mesa todo lo dicho y hecho -o no hecho, debiendo haber hecho-, por todos, de modo que no quede nada en el tintero para que cuando nos levantemos de la mesa lo hagamos vacíos de “mala leche”, y, si es posible, tan o más hermanados que antes.
En conclusión: se limpia y sanea cuando un hermano, con el que tienes un contencioso, te telefonea, le atiendes; cuando te deja un mensaje, le contestas; cuando te escribe, le respondes; cuando has cerrado una cita, no la anulas sin explicaciones; cuando le pides que se siente contigo a hablar, no da la callada por respuesta... Y así, de formas tan concretas y operativas se pasa de lo simbólico a lo práctico; de modo que las declaraciones de buenas intenciones se hagan realidad y no queden en poses de cara al taller.



