¡VOLVIMOS!
Visitenos en nuestra nueva dirección web
FENIX-news Desde 1992

INSTRUCCIÓN FILOSÓFICA DE LAS INICIACIONES ANTIGUAS MASONERÍA AZUL PRIMER GRADO SIMBÓLICO



Foto de Juan Avila.
La Masonería ha sido quien ha hecho nacer la civilización en Europa; y el progreso de la civilización ha sido el que ha establecido las diferencias existentes entre la Masonería actual y las iniciaciones antiguas.
Pero las meditaciones humanas están aún lejos de haber descubierto todo cuanto puede contribuir a la felicidad del género humano. La Masonería ha de producir más tarde o más temprano este resultado. Trabajemos, procuremos hacernos dignos de ella, y nuestros trabajos adquirirán más esplendor. Pero antes de saber a dónde vamos y de enseñar esto a nuestros neófitos, sepamos de dónde venimos.
Para llegar a este fin loable, la Liga de los Trinósofos ha acordado que su venerable fundador reprodujera el Curso de Interpretaciones masónicas dado en el año 1818, y que, a partir de ese día, hubiera en los tres talleres, el primer viernes de cada mes colación e interpretación de un grado masónico. ¡Ojalá este ejemplo de los Trinósofos tenga imitadores o excite, por lo menos, emulación entre los masones! La Masonería explicada es la verdad sin velo, en donde se encuentra la razón de todos los siglos y donde debe alimentarse la razón de todas las épocas.
Vamos a tratar de cumplir esta nueva decisión de la Logia.
Grande sería la sorpresa del que, hallándose sumergido en profundo sueño, fuera transportado a un lugar del que no tuviera idea alguna; pero más debe sorprendernos y pasmarnos todo cuanto ven ahora vuestros ojos, despertando en vos la necesidad de hacer múltiples preguntas, porque verdaderamente es aquí en donde tenéis ojos sin ver y oídos sin oír. De seguro desearéis preguntarnos: ¿de dónde vienen los masones y qué es lo que hacen?
Si yo quisiese seguir la serie de ideas que las ceremonias de vuestra recepción han debido despertar en vuestro espíritu, debería examinar con vos la naturaleza de la Orden en que acabáis de ingresar y explicaros los deberes que tenéis que cumplir; debería deciros, por ejemplo, que la Masonería es una asociación subsistente desde hace muchísimos siglos, que ha sido reconocida como el santuario de las buenas costumbres, el asilo de la inocencia, la escuela de la sabiduría y el templo de la filantropía;
debería hacer que supieseis que todos nosotros abandonamos a la puerta de este templo los pomposos títulos con que nos ha decorado la sociedad civil; que aquí el equitativo nivel convierte a cada individuo en lo que verdaderamente es, y que cada uno de nosotros ve un igual en su hermano.
Debería deciros también que el verdadero masón practica eminentemente la beneficencia, esa virtud tan consoladora de los desgraciados, que inspira confianza y hace que conciliemos la dignidad y el rango con la afabilidad y la bondad.
Debería deciros que el masón, amigo de todos los hombres y padre de los desventurados, sabe arrancar de las garras de la desesperación a los indigentes por medio de cuidados y socorros secretos; que las obligaciones que él contrae tienden a procurar la felicidad de la humanidad; que no vive sino para ser útil al género humano, y que los inalterables principios de la Orden devuelven la paz a los más inquietos espíritus y hacen que desaparezcan esos momentos de humor o de capricho que turban a menudo a las sociedades del mundo profano.
Pero no abarca el plan de esta instrucción el tratar de estos objetos, pues mi propósito consiste en fijar vuestras ideas acerca de las ceremonias de nuestra iniciación.
Todas las asociaciones fundamentales en los misterios, es decir, en los secretos desconocidos por el vulgo, han tenido iniciaciones e iniciados. Pero, así como no hay ninguna sociedad particular en el mundo que no debe ceder la preeminencia a la Francmasonería, así también esta última se distingue de las otras por sus ceremonias y por la naturaleza de sus pruebas.
Para convenceros de lo que digo podría ya recurrir a los anales de la historia de los diversos misterios de la antigüedad; pero, como este examen os llevaría ahora demasiado lejos, yo deseo, no obstante, demostraros lo que os adelanto sobre la diferencia de las pruebas; voy a hacer un esbozo de los de Eleusis y de las ceremonias de iniciación celebradas en sus misterios.
No voy a hacer que vuestra imaginación recorra los nueve días de preparaciones a que eran sometidos los iniciados, ni a describir ahora la multitud de actores, ni las pompas y orden de las ceremonias, ni el tumulto inseparable de su verificación, ni los himnos, ni las danzas, ni las repetidas invocaciones a Inaco, ni los símbolos solemnes que se levantaban al aire, ni los ramilletes místicos, ni el son de las liras, ni el rumor de los instrumentos de bronce, ni esas graves pausas que se emplean para los sacrificios.
No trataré tampoco de la precipitación con que se atravesaba el puente del Cefiso, ni de la majestad de los monumentos construidos a lo largo de la vía sacra, ni, en una palabra, de la multitud de medios que se empleaban en las ceremonias preparatorias para seducir y encantar al vulgo, pues voy a transportaros al último día de las pruebas y a describir las que precedían inmediatamente a la iniciación.
Imaginaos que el candidato se encuentra completamente a solas en el lugar preparado para recibirlo. Se halla tendido sobre una piel de animal salvaje. Ante sí tiene un vaso de ciceón, licor empleado en los misterios eleusinos. Espanto le produce la soledad en que se encuentra. En vano recuerda que ha aparecido en las orillas del torrente consagrado a las nueve musas, que ha sido purificado por el Agua, en las riberas místicas del divino Ilysos, que ha inmolado al animal consagrado y asentado el pie izquierdo sobre las pieles de las víctimas inmoladas a Júpiter Melequio, que ha ayunado, que ha prometido comenzar una vida nueva, que ha cumplido con resignación todo cuanto se le ha exigido.
Guiado por la curiosidad, exasperado por al espera, animado por la firmeza que demostrara en las pruebas a que fue sometido, y temiendo, sin embargo, que tenga que pasar por otras más serias que pudieran exceder a sus fuerzas, flota entre la esperanza y el temor; siente que su corazón desfallece entre los sentimientos contrarios que le agitan. Sin embargo, no quiere abatirse y, para reconfortarse, bebe algunos sorbos de ciceón: su cabeza no tarda en turbarse, y ve espectros que desaparecen en cuanto intenta tocarlos.
Se halla rodeado de escenas de física espantosa. Lleno de terror al no ser dueño ya de sus sentidos, esconde el rostro en tierra para substraerse al espectáculo que le horroriza; pero entonces, se hunde el suelo en que se apoya; el rayo estalla estrepitosamente, y el aspirante cae al fondo de un abismo iluminado por los reflejos de las llamas que desde lejos aparentan un mar de fuego.
Hallase en una gruta repugnante, erizada de puntas de hierro. Por todas partes ve horrores y peligros. Apenas puede sostenerse en pie. No ve, ni oye nada; un sudor frío le brota del cuerpo, y cree que ha llegado su última hora. Ministros implacables disfrazados de lares le flagelan y hacen volver al sentimiento de la vida por el de las torturas; un espectro le ase de los cabellos y le deposita en la cima de una roca rodeada de un océano de llamas; el aspirante grita desesperadamente sobre la escarpada cumbre; se desliza; cree que rueda en un brasero vasto y ardiente; cruza por nubes inflamadas, y cae a un estanque de donde le extraen los sacerdotes y en el que se dice que muchos iniciados perdieron la vida a consecuencia del espanto.
Allí, se le confía a los cuidados de una sacerdotisa de Ceres. Anúnciasele que debe atravesar el imperio de Plutón, pasando por los sombríos bosques que el negro Cocito rodea con sus ondas; pero que, si quiere retornar, ha de buscar en las espesuras de un bosque un árbol frondoso, del que ha de arrancar una rama de oro, sin la cual no podrá llegar al Tártaro.
El desventurado candidato avanza recelosa y silenciosamente. Ve el bosque, cuyo terrible espesor le espanta, y piensa como podrá internarse en esta profundidad y encontrar en ella loa rama brillante. En el mismo instante, una paloma cruza por los aires, se eleva por encima de los abismos del Averno, planea lentamente y se posa en el árbol preciado. El resplandor del oro brilla a través de la obscuridad, el iniciado redobla sus esfuerzos, llega al pie del árbol y coge la rama.
Advierte el fulgor de un pálido crepúsculo; la tierra tiembla y se conmueve; el eco repite los alaridos de espanto de los animales. Todo anuncia la aproximación de la divinidad.
No tarda el aspirante en atravesar la profunda obscuridad y los desiertos de Plutón habitados por espectros, a los cuales quiere atacar y combatir, pero la sacerdotisa se opone. Por fin llega al rio, a cuya orilla se encuentra el barquero de los infiernos. El negro Caronte se aproxima a la orilla al ver la rama de oro, y recibe en su barca al nuevo amigo de los dioses, transportándole con su guía a la ribera opuesta.
J. M. RAGÓN






COMICs