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Ensayo sobre el vacío al que hemos bautizado tristeza.






La tristeza es a su vez médula y piel, y con ello estricta y concreta realidad, a diferencia de la felicidad, puesto que esta última adolece de una naturaleza efímera, que no marca ni deja huella, quedando solo como mero recuerdo, para iluminar la noche de manera y forma permanente, aunque no eterna, por la falta de ella. Solo dejamos o nos alejamos de la tristeza cuando recordamos los momentos de felicidad, quedando ellos como simples fotografías en un álbum o como recortes de periódico amarillos y hechos antiguos por el paso del tiempo (o por los rayos solares si fueron descuidados, que es casi lo mismo que le pasa a la felicidad cuando se le extrae de la memoria seguido y con demasiada continuidad, ya que deja de ser un recuerdo feliz para convertirse en solo un recuerdo, quizás y a lo mucho alegre).

La razón de ser de la tristeza es el vacío que encuentra su nacimiento y su posterior nutricia en la existencia misma del ser humano, ya que al cortar el cordón umbilical con el que se nos une a la placenta de nuestras madres se elimina también con ello el único punto desde el cual podríamos mover el mundo, desde el cual justificar nuestra razón de ser. Ya no somos más parte de algo sino que ahora somos un extraño, el otro, y buscaremos toda nuestra vida ser parte de algo, o de alguien –no olvidemos esa frase tan absurda de sentirse pareja al ser la mitad del otro y que luego gracias al paso del tiempo se ha encontrado-.

La tristeza es nuestro verdadero Ser. Por ello cuando escucho a alguien decir que está feliz puedo comprender su situación de ensueño más no justificar su ingenuidad e inocencia, usando esta última palabra en el sentido jurídico de irresponsabilidad, es decir, que no ha sido encontrado culpable frente a una imputación. Vemos la existencia de la tristeza en el niño que no recibe el regalo prometido o que observa con dolor que en el día de su cumpleaños ese obsequio que anhelaba se lo entregan a otra persona y se atreven a explicarle dicha situación expresando que también puede jugar con él cuantas veces quiera. En el niño que ve luces en el cielo como fuegos artificiales pero que no le dejan tener sueños porque no sabe si despertará de algún ataque con misiles o con bombas. Se concretamente que son extremos, pero son manifestaciones de una misma realidad, vivida de manera diferente, con sentimientos completamente opuestos, pero que no dejan de tener un algo en común que los relaciona y los unifica. Ambas son figuras del rompimiento con algo que percibimos natural pero que nunca dejamos de construir: el sentido de la palabra Humanidad.

Cada vez que pensamos que llegamos a alcanzar la comprensión de la identidad de lo humano terminamos quedándonos en el concepto llano y ambiguo de una simple palabra; nos escondemos en los triunfos del conocimiento y del saber, en los alcances de los descubrimientos biológicos, de la llegada a territorios antes no conocidos e incluso de avances en las técnicas de viaje espaciales, pero jamás hemos tenido cerca el entendimiento de lo que significa ser humano. Más aún, cuando alguien intenta siquiera abordar esos términos, se le estigmatiza con el alias y sobrenombre de idealista, como si el tener ideales o pensar que lo material no debe subyugar al contenido, puesto que ambas son caras de una misma moneda, ya que la idea nace en el preciso momento en que lo físico se ilumina por la chispa interior presente en cada uno de nosotros, sin discontinuidad, al unísono, fuera algo malo o incluso desmerecedor de nuestra concepción de importancia. Y puesto que nadie puede sentir lo del otro, según el sentido común del común y vulgar sentido de todos, debemos entonces mirar –según ellos- al otro lado de cualquier otro lado al que hayamos estado viendo. La verdad se encuentra en cualquier otro lado, menos en el que nos hallamos o al que por deseo o casualidad hemos estado viendo. Pero como no existen deseos que dejen de moverse por sentimientos o no motiven acciones (puesto que entonces no serían deseos sino anhelos), ni tampoco casualidades (entendidas como apariencias de azar, ya que todo tiene una causa y un efecto), nos quedamos en el placentero útero al que llamamos familia, comunidad, sociedad y que no es más que una creación falsa llena de apariencias y de superfluas satisfacciones. Fingimos alimentarnos y solo llenamos el estómago de objetos que casi siempre no nos sirven, pero decimos que estamos satisfechos. Salimos del cine luego de ver una película que nos ha hecho reír hasta las lágrimas y decimos que somos felices. Decimos que es un buen vino o un buen licor porque no nos duele la cabeza, olvidando –o queriendo olvidar- que nos hemos despertado en horas de la tarde producto de la borrachera que nos llevó hasta la inconciencia, haciendo que nos olvidemos de la forma en que llegamos a nuestros hogares o incluso hasta de la misma reunión en donde bebimos, dizque celebrando nuestros cumpleaños. Con ello, tengo presente que decimos que somos dioses, y en algunos casos más que dioses, pero terminamos olvidándonos de ser humanos.

La felicidad es la forma que usamos para esconder nuestra realidad, pues sentimos que esta no puede ser nuestra verdadera esencia. Pero el hombre es triste no porque le falte felicidad, sino porque no termina de encontrarse y de hacerse, que son dos actividades diferentes pero estrechamente unidas. Cada vez que amontonamos algo más de apariencias sobre la columna vertebral de nuestras experiencias, encontramos que no estamos completos y por lo tanto reconocemos, aunque todavía inconscientes, que hay un vacío en nuestro interior y esa es la matriz de nuestra existencia triste. Nos sentimos tristes porque nos falta algo y queremos llenarlos con cosas o con personas. Llegamos al mundo solos, sin importar que nos acompañe otra vida, ya que nacemos uno por uno, inclusive en la cesárea, teniendo presente a los siameses, por supuesto, y sin ninguna pertenencia o posesión más que la del aire que puede, por tiempos, procesar nuestro organismo, y así nos iremos, dejando atrás los bienes, las posesiones, a las personas, nuestro pasado y hasta el aire que respiramos. Ese vacío es triste, y es por eso que corremos para alcanzar y poseer cualquier cosa que nos haga olvidar, pero no ocultar, que nuestras vidas son necesariamente tristes, aunque ello no sea necesariamente infeliz.

Somos tristes por antonomasia más no por naturaleza, puesto que nacemos llamados a la tristeza, y no tristes, aunque nos hagan llorar como prueba de vida. La tristeza es nuestro motor y motivo, parafraseando una canción popular, pero no debe ser nuestro fin y objetivo. Es la herramienta para reconocernos, pero jamás debe ser el lente con el que nos veamos. Debemos aceptarla, para comprenderla, y no para vivirla y revivirla. Solo en ese instante de tiempo, podremos sentir que somos humanos y vivir plenamente el lapso de vida al que denominamos casi sin darnos cuenta con el falso y eufemístico nombre de Vida. Como cuando a nuestro planeta le llamamos Tierra, a pesar que su mayor presencia es Agua.

No voy a decir que estamos impelidos o estimulados a ser felices, pues no considero la felicidad una realidad por la cual trabajar, por insuficiente, ya que dura tan poco. Lo que considero es que debemos ser respetuosos de nosotros mismos y comprender que somos parte de algo mucho más grande que las individualidades. Que somos parte de un proyecto que engloba a cada existencia, también a la humana, y que debe de impulsarnos a crear, no a destruir lo creado, solo porque no nos hace felices, ya que dicha felicidad no existe en verdad y nunca la llegaremos a disfrutar en plenitud. En conclusión, hay que gozar de nuestra tristeza, para poder disfrutar, aunque en algunos casos solo se quede en buenas intenciones, de la dicha de existir, de la felicidad, no importa que sea aparente y efímera, de ser humanos.

R:.H:. José Luis Carrasco Barolo.

San Martín de Porres, 17 de abril de 2017.

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