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DIÁLOGOS CONMIGO MISMO: Nadie es eterno, hermano, y nada pervive. Recuerda esto, y alégrate.



Nadie es eterno, hermano, y nada pervive. Recuerda esto, y alégrate.

No es nuestra vida una sola carga añosa, nuestro sendero no es el único camino largo. Ningún poeta tiene el deber de cantar la antigua canción. La flor se marchita y muere; pero el que la lleva, no ha de llorarla siempre...
Hermano, recuerda esto, y alégrate.



Llegará un silencio absoluto y la música será entonces perfecta. Decae la vida hacia poniente para ahogarse en sombras doradas. El amor ha de ser llamado de su juego, a que beba penas y suba al cielo de los llantos...
Hermano, recuerda esto, y alégrate.

Cojemos, volando, nuestras flores, no las robe el viento pasajero. Nuestra sangre se enciende y se avivan nuestros ojos robando besos que se mustiarían si los olvidáramos. Avidez es nuestra vida y pujanza nuestro deseo, porque el tiempo está tocando a muerto.
Hermano, recuerda esto, y alégrate.

No podemos, en un punto, abrazar las cosas, hacerlas pedazos y echarlas al polvo. Las horas pasan ligeras, con los sueños bajo el manto. La vida, sin fin para el trabajo y el hastío, sólo nos da un día para el amor.
Hermano, recuerda esto, y alégrate.

La belleza nos es dulce porque el ritmo voluble de su danza es el de nuestras vidas. La sabiduría nos es cara porque no tenemos tiempo de completarla. En lo eterno todo está hecho y concluido, pero las flores de la ilusión terrena son eternamente frescas, gracias a la muerte.
Hermano, recuerda esto, y alégrate.

De El Jardinero, obra de Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura de 1931. La traducción fue realizada por Zenobia Camprubi Aymar y Juan Ramón Jiménez.

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