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IN MEMORIAN DEL H:. RICARDO PALMA 7/2/1833 – 6/10/1919


(Recordamos este 07 de febrero un año más del nacimiento a la luz material de nuestro R.·.H.· Manuel Ricardo Palma Soriano, transcribimos un texto del M.·.R.·.H.·. José Galvez B., publicado en la revista «El Heraldo Masónico» n° 7, segunda época, mayo 1978, de la B.·.E.·.R.·.L.·.S.·. Cruz Austral N° 12)

No hay ciudad de leyenda sin un cantor ilustre, sin un evocador mágico, capaz de levantar sobre la realidad mezquina la airosa armazón ideal, que como un velo de encanto, diviniza lo humano.

Dejad hacer a mí las canciones de un pueblo y que otros hagan sus leyes, dijo alguna vez una gran alma de poeta, dejadme dijo el viejo Palma, hacer la leyenda de mi ciudad y por sobre todas las contingencias con que la vana grandilocuencia del legislador, crea normas que pasan, perdurará mi creación alada, galano compendio de una edad que no es, pero que será siempre en la conseja amable que del pergamino rancio extraje con la sonrisa en los labios excépticos (sic) y una fiesta evocadora y luminosa en el alma.

Y así fue. Palma encarna en sus Tradiciones el alma de la ciudad antigua. Su frase pícara, su malicia sensual, su devota peregrinación por olvidadas avenidas donde pasean caballeros de golilla y damas de mal encubierta y envolvente gracia, encontraron el riquísimo venero. Nadie dialogó con más almas, ni traficó por más vericuetos y callejas, ni asistió a más aventuras que el inimitable Maestro, que nos dio con la sal de su estilo, la muestra encantadora de lo que fue, o, lo que es más grande, lo que debió ser nuestra Colonia. Ninguno como él, encontró más galana tertulia, ni otro alguno como él capaz de presentarnos, a tanto casuista ilustre, a tanto fraile remolón, y engreído, a tanto altivo caballero, a tanta dama encumbrada, a tanta mulatilla chispeante, a tanto y tanto Gran señor, que al conjuro milagroso del forjador criollo, nos tendieron la mano, nos dieron alguna agudeza donairosa, o nos hicieron temblar con el relato truculento de alguna trágica aventura.

Lima está en Palma, y la Lima de Palma es la mejor, la más limeña, la más nuestra, la que todos amamos, la que las viejas añoran, la que vista a la distancia es como una gentil Tapada que espera en el atrio de la Iglesia, después de charlar con Dios, el tenoriesco piropo del mosqueteril mancebo, o la pleitesía enrevesada y fina del estudiante de San Felipe.

Y porque Palma es Lima y es la Colonia y es la República en lo que tiene de castiza y de genuina, es también el Perú, porque aún aunque aquí están pasando arrolladas por un modernismo de hojarasca, las gracias de antaño, perduran y se conservan respetuosamente en nuestros pueblos serranos, donde aún circula el típico clásico de los tiempos idos y en lento ritmo del colonial ambiente, preside la marcha reposada y soñolienta de las ciudades andinas, semejantes en eso a la vieja Lima que ya no es.

Castizo por su manera, peruanísimo por su creación, criollo por su típico ingenio, Palma tiene dentro de sus características esenciales, que le hacen el más peruano de nuestros escritores, el sentido universalista de su romanticismo sentimental y de su tendencia filosófica volteriana y enciclopedista, que le hacen participar de excepticismo (sic) dieciochesco y del arrebatado amor a la leyenda de los hombres del 48, siendo nacionalista, el más difundido de nuestros escritores y el padre y Maestro mágico de nuestra literatura.

LA CASA DE PILATOS

(Lo que podría ser, más bien, la historia de una logia y los miedos y mentiras que generamos entre la gente ignorante los masones. Nota del Trascriptor)

Frente a la capilla de la Virgen del Milagro hay una casa de especial arquitectura, casa sui géneris y que no ofrece punto de semejanza con ninguna otra de las de Lima. Sin embargo de ser anchuroso su patio, la casa es húmeda y exhala húmedo vapor. Tiene un no sé qué de claustro, de castillo feudal y de casa de ayuntamiento.

Que la casa fue de un conquistador, compañero de Pizarro, lo prueba el hecho de estar la escalera colocada frente a la puerta de la calle; pues tal era una de las prerrogativas acordadas a los conquistadores. Hoy no llegan a diez las casas que conservan la escalera fronteriza.

El extranjero que pasa por la calle del Milagro se detiene involuntariamente en su puerta y lanza al interior mirada escudriñadora. Y lo particular es que a los limeños nos sucede lo mismo. Es una casa que habla a la fantasía. Ni el Padre Santo de Roma le hará creer a un limeño que esa casa no ha sido teatro de misteriosas leyendas.

Y luego, la casa misteriosa fue conocida, desde hace tres o cuatro generaciones, con nombre a propósito para que la imaginación se eche retozar. Nuestros abuelos y nuestros padres la llamaron la casa de Pilatos, y así la llamamos nosotros y la llaman nuestros hijos. ¿Por qué? ¿Acaso Poncio Pilatos fue propietario en el Perú?

Entre mis manos y bajo mis espejuelos he tenido los títulos que el actual dueño, compadeciendo acaso mi manía de embelesarme con antiguallas, tuvo la amabilidad de permitirme examinar; y de ellos no aparece que el pretor de Jerusalén hubiera tenido arte ni parte en la fábrica del edificio, cuya área mide cuarenta varas castellanas de frente por sesenta y ocho de fondo.

Y sin embargo, la casa se llama de Pilatos. ¿Por qué?

Voy a satisfacer la curiosidad del extranjero, contando lo mismo que las viejas cuentan y nada más. Se pela la frente el lector limeño que piense que sobre la casa de Pilatos voy a decirle algo que él no se tenga sabido.

La casa se fabricó en 1590, esto es, medio siglo después de la fundación de Lima y cuando los jesuitas acababan de tomar cédula de vecindad en esta tierra de cucaña. Fue el padre Ruiz del Portillo, Superior de ellos, quién delineó el plano; pues ligábalo estrecha amistad con un rico mercader español apellidado Esquivel, propietario del terreno.

Con maderas y ladrillos sobrantes de la fábrica de San Francisco y que Esquivel compró a ínfimo precio, se encargó el mismo arquitecto que edificaba el colegio máximo de San Pablo de construir la casa misteriosa, edificio sólido y a prueba de temblores, que no pocos ha resistido sin experimentar desperfecto.

Por medio de una ancha galería, sótano o bóveda subterránea, de seis cuadras de longitud, está la fábrica en comunicación con el convento de San Pedro que habitaron los jesuitas.

Ese subterráneo que, previo permiso del actual propietario de la casa, puede visitar el curioso que de mis afirmaciones dude, les vendrá de perilla a los futuros escritores de novelas patibularias. En el sótano pueden hacer funcionar holgadamente contrabandistas, y conspiradores, y monederos falsos, y caballeros aherrojados, y doncellas tiranizadas, y todo el arsenal romántico romancesco. ¡Cuando yo digo que la casa de Pilatos está llamada a dar en el porvenir mucha tela que cortar!

¿Para qué se hizo este subterráneo? Ni lo sé ni me interesa saberlo.

La casa hasta 1635 sirvió de posada y lonja a mineros y comerciantes portugueses. Treinta y siete mil pesos de a ocho había invertido Esquivel en la fábrica, y los arrendamientos le producían un interés más que decente del capital empleado. Época hubo también en que, hallándose la plaza del mercado situada en San Francisco, fue el patio de la casa de Pilatos ocupado por los vendedores de fruta.

Heredó la casa doña María de Esquivel y Járava, esposa de un general español; y muerta ella, la Inquisición, que por censos tenía un crédito de ochocientos pesos, y otros acreedores, formaron concurso. Duró tres años la tramitación del expediente, y en 1694 se decretó el remate de la finca para satisfacer acreencias que subían a doce mil pesos.

D. Diego de Esquivel y Járava, natural del Cuzco, caballero de Santiago y que en 1687 obtuvo título de marqués de San Lorenzo de Valleumbroso, no quiso consentir en que la casa de su tía abuela pasara a familia extraña; y después de pagar acreedores, dio a los herederos veintiocho mil pesos.

Después de la Independencia cesó la casa de formar parte del mayorazgo de Valleumbroso y pasó a otros propietarios, circunstancia muy natural y sin importancia para nosotros.

Olvidaba apuntar que en tiempo del virrey Amat, a propósito de la expulsión de los jesuitas, se dijo que del sótano de la casa se había sacado un tesoro. No afirmo, consigno el rumor.

Pero a todo esto, ¿por qué se llama esa la casa de Pilatos? No digas, lector, que se me ha ido el santo al cielo. Ten paciencia, que allá vamos.

Cuenta el pueblo que por agosto de 1635 y cuando la casa estaba arrendada a mineros y comerciantes portugueses, pasó por ella, un viernes a media noche, cierto mozo truhán que llevaba alcoholizados los aposentos de la cabeza. El portero habría probablemente olvidado echar cerrojo, pues el postigo de la puerta estaba entornado. Vio el borrachín luces en los altos, sintió algún ruido o murmullo de gente, y confiando hallar allí jarana y moscorrofio, atreviose a subir la escalera de piedra, que es, dicho sea de paso, otra de las curiosidades que el edificio ofrece.

El intruso adelantó por los corredores hasta llegar a una ventana, tras cuya celosía se colocó, y pudo a sus anchas examinar un espacioso salón profusamente iluminado y cuyas paredes estaban cubiertas por tapices de género negro.

Bajo un dosel vio sentado a uno de los hombres más acaudalados de la ciudad, el portugués D. Manuel Bautista Pérez, y hasta cien compatriotas de éste en escaños, escuchando con reverente silencio el discurso que les dirigía Pérez y cuyos conceptos no alcanzaba a percibir con claridad el espía.

Frente al dosel y entre blandones de cera había un hermoso crucifijo de tamaño natural.

Cuando terminó de hablar Pérez, todos los circunstantes menos éste fueron por riguroso turno levantándose del asiento, avanzaron hacia el Cristo y descargaron sobre él un fuerte ramalazo.

Pérez, como Pilatos, autorizaba con su impasible presencia el escarnecedor castigo.

El espía no quiso ver más profanaciones, escapó como pudo y fue con el chisme a la Inquisición, que pocas horas después echó la zarpa encima a más de cien judíos portugueses.

Al judío Manuel Bautista Pérez le pusieron los católicos limeños el apodo de Pilatos, y la casa quedó bautizada con el nombre de casa de Pilatos.

Tal es la leyenda que el pueblo cuenta. Ahora veamos lo que dicen los documentos históricos.

En la Biblioteca de Lima existe original el proceso de los portugueses, y de él sólo aparece que en la calle del Milagro existió la sinagoga de los judíos, cuyo rabino o capitán grande (como dice el fiscal del Santo Oficio) era Manuel Bautista Pérez. El fiscal habla de profanación de imágenes; pero ninguna minuciosidad refiere en armonía con la popular conseja.

El juicio duró tres años. Quien pormenores quiera, búsquelos en mis Anales de la Inquisición de Lima.

Pérez y diez de sus correligionarios fueron quemados en el auto de fe de 1639, y penitenciados cincuenta portugueses más, gente toda de gran fortuna. Parece que al portugués pobre no le era lícito ni ser judío, o que la Inquisición no daba importancia a descamisados.

Y no sé más sobre Pilatos ni sobre su casa (Ricardo Palma, 1868).

Cortesia de la F.·.C.·.R.·.L.·.S.·. Luis Heysen Incháustegui N°3

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