Eliphas Lévi
EL LIBRO DE LOS ESPLENDORES LEYENDAS MASÓNICAS
Extractadas de un ritual manuscrito del Siglo VIII
LEYENDA PRIMERA
Salomón, el más sabio entre los reyes de su tiempo, queriendo erigir un templo al Eterno, hizo reunir en Jerusalén a todos los obreros necesarios para construirlo. Mandó publicar un edicto en su reino, que se esparció por toda la tierra: que quien quisiera ir a Jerusalén para trabajar en la construcción del templo sería bien recibido y recompensado, con la condición de que fuera virtuoso, henchido de celo y de valor y no sujeto a ningún vicio. Pronto Jerusalén se encontró lleno de una multitud de hombres conocedores de las altas virtudes de Salomón que solicitaban hacerse inscribir para los trabajos del templo.
Salomón, contando con un gran número de obreros, hizo tratados con todos los reyes vecinos, en particular con el rey Tiro, para que pudiera escoger del monte Líbano los cedros y las maderas que le convinieran, así como otros materiales. Habían ya empezado las obras, cuando Salomón se acordó de uno llamado Hiram: el hombre más experto de su tiempo en arquitectura, sabio virtuoso, por quien el rey de Tiro conservaba singular estima debido a sus grandes cualidades. Se apercibió también de que tan gran número de obreros no podía dirigirse sin grave dificultad y confusión; además las obras comenzaban a resentirse por las continuas discusiones que reinaba entre ellos.
Salomón resolvió darles un jefe digno para mantenerlos en buen orden, y con tal efecto eligió a Hiram, tirio de nacimiento. Envió expresamente diputados cargados de presentes al rey de Tiro, para rogarle que le enviara aquel famoso arquitecto llamado Hiram. El rey de Tiro, encantado del elevado concepto que Salomón tenía de él, se lo concedió, y le envió a Hiram y a sus diputados a los que colmó de riquezas, expresándoles su sincera amistad por Salomón, añadiendo que, además del tratado que ambos habían concertado, le concedía una alianza ilimitada y que podía disponer de cuánto le fuera útil de su reino. Los diputados llegaron a Jerusalén, acompañados de Hiram, el 15 de julio... uno de los hermosos días de verano. Entraron en el palacio de Salomón. Hiram fue recibido con toda la pompa y la magnificencia debidas a sus elevadas cualidades. El propio Salomón dio una fiesta a los obreros para conmemorar su llegada.
Al día siguiente, Salomón reunió la cámara del consejo para arreglar los asuntos de importancia; Hiram fue admitido en ella recibiendo los plácemes de todos los concurrentes. Salomón le dijo, en presencia de todos: “Hiram, yo os escojo por el jefe y arquitecto mayor del Templo, así como de los obreros; os trasmito mi potestad sobre ellos, sin que haya necesidad de otra opinión que la vuestra; así que os miro como a un amigo a quien confiaré el mayor de mis secretos”. En seguida salieron de la cámara del consejo y fueron a los trabajos, donde el mismo Salomón, dijo ante todos los obreros en voz alta e inteligible, mostrando a Hiram: “He aquí el que he escogido, por vuestro jefe para guiarnos; le obedeceréis como a mí mismo; le concedo amplio poder sobre vosotros y sobre las obras, bajo pena, a aquellos que no obedezcan mis órdenes y las suyas, de ser castigados de la manera que él crea conveniente”. En seguida inspeccionaron los trabajos; todo se puso bajo
las órdenes de Hiram, quien prometió a Salomón llevarlos con el mejor orden. Al día siguiente, Hiram reunió a todos los obreros y les dijo: “Amigos míos: el Rey, nuestro señor, me ha confiado el cuidado de dirigiros y regular los trabajos del Templo. No dudo que a ninguno de vosotros os falte el celo para ejecutar sus órdenes y las mías. Entre vosotros hay algunos que merecen salarios más elevados; cada uno podrá alcanzarlo mediante las pruebas sucesivas de su trabajo. Para tranquilidad y premio a vuestro celo, voy a formar tres clases de obreros: la primera estará compuesta por aprendices, la segunda de oficiales y la tercera de maestros”.
“La primera será pagada como tal, y recibirá su salario a la puerta del Templo, en la columna J”.
“La segunda, también a la puerta del Templo, pero en la columna B”.
“Y la tercera, en el santuario del Templo”.
Se aumentaron los salarios según los grados, y cada cual se consideraba dichoso de hallarse bajo el mando de tan digno jefe. La paz, la amistad y la concordia reinaban entre ellos. El respetable Hiram, queriendo que todo marchase en buen orden y para evitar confusiones entre los obreros, aplicó cada uno de los grados, signos, palabras y toques para reconocerse, con la prohibición de comunicarlo sin permiso expreso del rey Salomón y de su jefe; de modo que cada uno recibiría su salario de acuerdo con su signo, de suerte que los maestros serían pagados como maestros, así como los oficiales y los aprendices. Ajustándose a una regla, tan perfecta, todo desarrollaba en paz y las obras continuaban según los deseos de Salomón.
¿Pero, podía persistir tan hermoso orden?. No, en efecto, tres oficiales, impulsados por la avaricia y el deseo de percibir la paga de los maestros, resolvieron conocer la palabra, y como ésta no la podían obtener más que del respetable maestro Hiram, concibieron el propósito de arrancársela, de grado o por la fuerza. Como el respetable Hiram iba diariamente al santuario del Templo para dedicar una plegaria al Eterno, hacia las cinco de la tarde, convinieron en esperarle a la salida, para preguntarle la palabra de los maestros; y como el Templo contaba con tres puertas, una a oriente, otra a occidente y la tercera al mediodía, esperaron uno con una regla, otro con una palanca y tercero con un mazo. Terminada su oración, Hiram intentó salir por la primera puerta, en la que encontró a uno de los traidores armados de la regla, que le detuvo, preguntándole la palabra de maestro. Asombrado Hiram, le manifestó que no era de aquella suerte como lo conseguiría y que moriría antes de decírselo. El traidor, furioso por la negativa, le asestó un golpe con su regla. Hiram, aturdido por el golpe, se retiró dirigiéndose a la puerta, en la que encontró al segundo traidor que le hizo la misma pregunta que el primero, Hiram la rehusó igualmente, lo que también enfadó al traidor, que le golpeó con la palanca. Tambaleándose, Hiram intentó retirarse por la puerta de oriente por la que creía seguro poder salir; pero el tercer traidor que le esperaba allí le dirigió la misma pregunta que los anteriores. Hiram le contestó que antes prefería morir que declararle un secreto que aún no merecía. Indignado por su negativa el traidor le dio tan terrible golpe con el mallete que lo dejó muerto. Como aún había luz, los traidores cogieron el cuerpo de Hiram y le ocultaron en un montón de escombros al norte del Templo, esperando la noche para transpórtale más lejos. En efecto, cuando se hizo de noche le llevaron lejos de la ciudad, en una elevada montaña, donde le enterraron, y como decidieron conducirle más lejos, plantaron sobre la fosa una rama de acacia para conocer el sitio y regresaron los tres a Jerusalén.
El respetable Hiram iba todos los días, al levantarse Salomón, a darle cuenta de las obras y recibir sus órdenes. Este, no viendo a Hiram al día siguiente, le mandó llamar con uno de sus oficiales, que le dio cuenta de que se le había buscado por todas partes y que nadie había podido encontrarle. Tal respuesta afligió a Salomón que quiso buscarle por sí mismo en el Templo, y mandó practicar indagaciones precisas en toda la ciudad. Al tercer día, al salir Salomón de elevar sus plegarias en el santuario, lo hizo por la puerta oriente, sorprendiéndole ver huellas de sangre; las siguió hasta el montón de escombros del norte, mandó cavar y allí no halló otra cosa sino que había sido recientemente removido. Se estremeció de horror y aseguró que Hiram había sido asesinado. Volvió a penetrar en el santuario del Templo para llorar en él la pérdida de tan grande hombre; en seguida volvió al atrio del Templo, donde mandó reunir a todos los maestros y les dijo: “Hermanos míos; la pérdida de vuestro jefe es cierta”. Ante estas palabras cada uno se unió en un profundo dolor, lo que produjo un silencio bastante prolongado, que Salomón interrumpió diciendo que era preciso que nueve de ellos se resolvieran a partir para buscar el cuerpo de Hiram y conducirle al Templo. Salomón apenas terminó de hablar, cuando todos los maestros quisieron partir, hasta los más viejos, sin pensar en la dificultad de los caminos. Viendo si celo, Salomón les dijo que no partirían más que nueve que serían elegidos por escrutinio. Los agraciados dieron muestras de alegría, se despojaron del calzado para estar más ágiles, tres emprendieron la ruta del mediodía, tres la de occidente y tres la de oriente, prometiendo reunirse al noveno día de su partida. Uno de ellos, hallándose extenuado de fatiga, quiso descansar y al querer sentarse se agarró a una rama de acacia que encontró cerca para ayudarse; pero aquella rama, colocada allí ex profeso, se le quedó en la mano, lo cual le sorprendió; y viendo entonces un gran espacio de tierra recién removida, presumió que Hiram pudiera hallarse en aquel sitio.
Recuperó nuevas fuerzas; animado de valor fue en busca de los otros maestros reuniéndose los nueve conforme habían convenido. Les condujo al sitio de donde venía, les refirió lo que sabía, y animados todos del mismo celo, se pusieron a remover aquella tierra. En efecto, allí estaba enterrado el cuerpo del respetable Hiram, y cuando le descubrieron se horrorizaron, retrocediendo y estremeciéndose. El dolor embargó sus corazones y permanecieron largo tiempo en éxtasis; pero recuperando el valor, uno de ello penetró en la fosa tomó a Hiram por el índice de la mano derecha, queriendo levantarle. Hiram cuya carne ya corrompida se disgregaba, olía mal, lo que le hizo retroceder diciendo: Iclingue, que significa “huele mal”. Otro le cogió por el dedo que sigue al índice y le sucedió lo mismo que al primero, y se retiró diciendo: Jakin (se responde Boaz). Los maestros se consultaron. Como ignoraban que al morir, Hiram, había conservado el secreto de los maestros, resolvieron cambiarlo, y que la primera palabra que profirieran al retirar el cuerpo de la fosa, fuera la usual en lo sucesivo. En seguida el más viejo de ellos entró en la fosa, cogió al respetable Hiram y le sacó agarrándole de la muñeca derecha, apoyando el pecho contra el suyo, así como la rodilla y el pie del mismo lado y con la mano izquierda sujetándole por los hombros, levantando así a Hiram de la fosa. Su cuerpo produjo un ruido sordo que los asustó, pero el maestro, siempre sereno, exclamó: Mac Benak, que quiere decir “la carne abandona los huesos”. En seguida se repitieron el nombre los unos a los otros y cogiéndole del brazo tomaron el cuerpo del respetable Hiram y le llevaron a Jerusalén. Llegaron de noche, con luna llena y entraron en el Templo, donde depositaron el cuerpo de Hiram. Informado Salomón de su llegada, acudió al Templo, acompañado de todos los maestros, de guante blanco y delantal, rindieron al respetable Hiram los postreros honores. Salomón le mandó inhumar en el santuario e hizo colocar sobre su tumba una placa de oro, de forma triangular, en la que estaba grabado, en hebreo, el nombre del Eterno; después, recompensó a los maestros con un compás de oro, que llevaron en el ojal de sus trajes, pendientes de una cinta azul, y se comunicaron las nueve palabras, signos y toques...
Se hacen las mismas ceremonias al retirar al candidato de su ataúd, durante la recepción. La palabra convenida es Gibline, el nombre del lugar en cuya cercanía estaba encerrado el cuerpo de Hiram.
LEYENDA SEGUNDA
Habiéndolo mandado Salomón inhumar el cuerpo de Hiram en el santuario del Templo, con la pompa y magnificencia debidas a su rango, congregó a todos los maestros y les dijo: “Hermanos míos; los traidores que han cometido este asesinato no pueden quedar impunes; se les debe descubrir, para lo cual os declaro que las investigaciones deben llevarse a cabo con todo el ardor y la circunspección posible, y en caso de que sean descubiertos, que no se les haga daño alguno, trayéndolos vivos, para reservarme la satisfacción de la venganza. A este efecto, ordeno que veintisiete de vosotros partan para llevar a cabo esta investigación, poniendo especial cuidado en ejecutar mis órdenes”. Todos querían partir, para vengar la muerte, de su respetable maestro, pero Salomón siempre respetando sus acuerdos, les repitió que era preciso fueran veintisiete, tomando nueve la ruta de oriente, nueve la del mediodía y nueve la de occidente, y que irían armados de mazas, para defenderse de los peligros que pudieran ocurrirles. En seguida los designó por escrutinio verbal, y los elegidos partieron con la promesa de seguir punto por punto las órdenes de Salomón.
Los tres traidores, asesinos de Hiram, que habían vuelto a los trabajos del Templo, después de su crimen, viendo que se había encontrado el cuerpo de Hiram, se imaginaron que al punto ordenaría Salomón practicar investigaciones para saber quiénes le habían asesinado; como en efecto, conocieran por otros oficiales las órdenes de Salomón, que eran de practicar investigaciones, salieron de Jerusalén, al anochecer, y se separaron, a fin de que, no yendo juntos, fueran menos sospechosos. Cada cual emprendió la huida, alejándose de Jerusalén, para ir a ocultarse en tierras extrañas. Apenas expiraba el cuarto día de marcha cuando nueve de los maestros se encontraron extenuados de fatiga, en medio de las rocas, en un valle, al pie de las montañas del Líbano. Descansaron allí, y como comenzaba a anochecer, uno de ellos quedó vigilando, a fin de no ser sorprendidos. Su misión le obligó a alejarse un poco de sus compañeros, divisando a lo lejos una lucecita a través de la hendidura de una roca. Se estremeció, sorprendido, pero ya más tranquilo, corrió a aquel sitio resuelto a conocer lo que era. Apenas se hubo acercado, un sudor frío invadió todo su cuerpo, viendo la entrada de una caverna, de la que salía aquella luz. Recuperado nuevo ánimo, resolvió penetrar. La entrada era estrecha y muy baja, de modo que penetró con el cuerpo encorvado y la mano derecha en la frente para evitar los salientes de la roca; avanzando los pies, uno tras otro, y produciendo el menos ruido posible; llegando, al fin al fondo de la caverna donde vio a un hombre acostado y dormido sobre sus manos. Al punto le reconoció como uno de los obreros del Templo de Jerusalén de la clase de oficiales y, no dudando que se trataba de uno de los asesinos, el deseo de vengar la muerte de Hiram le hizo olvidar las órdenes de Salomón, y armándose de un puñal que encontró a los pies del traidor, se lo clavó varias veces en el cuerpo y acto seguido le cortó la cabeza. Terminada esta acción se sintió atacado de una sed devoradora cuando apareció a los pies del traidor un arroyo, en cuyas aguas aplacó su sed, saliendo de la caverna con un puñal en una mano y en la otra la cabeza del traidor, que llevaba por los cabellos. De este modo fue a buscar a sus camaradas, quienes al verlo se estremecieron de horror. Les contó lo sucedido en la caverna, y de que modo había encontrado al traidor que se había refugiado en ella. Pero sus camaradas le dijeron que su celo exagerado los colocaba en el trance de faltar las órdenes de Salomón.
Reconociendo su falta, permaneció cohibido, pero sus camaradas, que todo lo esperaban de la bondad del rey, le prometieron obtener gracia. En seguida reanudaron el camino de Jerusalén, acompañados del que aún continuaba con la cabeza del traidor en una mano y el puñal en la otra, llegando al noveno día de haber partido. Entraron en el momento en que Salomón estaba encerrado en el santuario del templo con los maestros, como acostumbraba a hacerlo todos los días a la terminación de los trabajos, para recordar con dolor a su digno y respetable arquitecto Hiram. Penetraron los nueve, es decir, ocho reunidos, y el noveno llevando siempre el puñal en una mano y la cabeza en la otra, gritando por tres veces: “Conmigo viene la venganza” y cada vez hacían una genuflexión. Pero Salomón, estremeciéndose ante aquel espectáculo, le dijo:
“¡Desgraciado!. ¿Qué has hecho?. ¿No te había dicho que me reservaras el cuidado de la venganza?”. Entonces, todos los maestros, rodilla en tierra, gritaron: “¡Gracia para él!”, afirmando que su excesivo celo le había hecho olvidar sus órdenes; Salomón lleno de bondad, le perdonó, ordenando que la cabeza del traidor fuera expuesta en el extremo de una pértiga guarnecida de hierro, en una de las puertas del templo, a la vista de todos los obreros, lo que al punto fue ejecutado, esperando descubrir a los otros dos traidores.
LEYENDA TERCERA
Viendo Salomón que los traidores se habían dividido, creyó que sería difícil descubrir a los otros dos, y, en consecuencia, mandó publicar un edicto en todo su reino, por el que prohibía dar hospitalidad a ningún desconocido que no fuera provisto de pasaporte; prometiendo grandes recompensas a los que pudieran traerle los traidores a Jerusalén o darle noticias de ellos. Un obrero que trabajaba en las carreteras de Tiro, sabía de un hombre extranjero que se había refugiado en una caverna, próxima a la carretera, quien le había confiado su secreto y haciéndole prometer arrancarse la lengua antes que revelarlo. Como aquel hombre venía todos los días a la ciudad vecina a buscar víveres para el traidor que estaba en la caverna, encontrándose precisamente en la ciudad cuando la publicación del edicto de Salomón, echó cuenta sobre la recompensa prometida a los que descubrieran los asesinos de Hiram. El interés pudo más que la fidelidad a la promesa que había hecho. Entonces salió y tomó el camino de Jerusalén, en el cual encontró a los nuevos maestros comisionados para buscar los culpables, quienes apercibiéndose de que su presencia le hacía cambiar de color, le preguntaron a dónde iba y de dónde venía. El desconocido, haciendo ademán de arrancarse la lengua, hincó la rodilla en tierra, y besando la mano derecha del que le interrogaba, respondió: “Como me creo que sois los enviados del rey Salomón para buscar a los traidores que han asesinado al arquitecto del Templo, tengo que deciros que a pesar de haber prometido el secreto, no puedo obrar de otro modo que obedecer las órdenes del rey Salomón que se indican en el edicto que acaba de mandar publicar. Uno de los traidores que buscáis está a un día de camino de aquí, refugiado en una caverna, entre rocas, en las cercanías de la carretera de Tiro, próxima a un gran zarzal. Un perro está siempre a la puerta de la caverna, que le previene cuando alguien se acerca”. Al escuchar este relato, los maestros le dijeron que les siguiera y les condujese hasta las proximidades de aquella caverna. Este obedeció y condujo a los maestros a la carretera de Tiro, desde donde les mostró el sitio en que estaba el traidor. Era el decimocuarto día de su marcha cuando le descubrieron; al anochecer vislumbraron el zarzal; el tiempo estaba borrascoso, y al pronto lució el arco iris. Habiéndose detenido para presenciar el fenómeno, descubrieron la caverna. Acercándose, apercibieron entonces al perro dormido y para burlar su vigilancia se quitaron los zapatos. Una parte penetró en la caverna, donde sorprendió al traidor dormido. Le ataron, le sujetaron y le llevaron a Jerusalén, con el desconocido que se los había indicado. Llegaron el decimoctavo día de su partida, por la tarde, en el momento en que terminaban los trabajos, Salomón y todos los maestros, como de costumbre, estaban en el santuario del Templo para recordar con pena a Hiram.
Penetraron en él y presentaron el traidor a Salomón, quien le interrogó y le hizo confesar su crimen. Le condenó a que le abrieran el cuerpo, arrancaran el corazón, cortaran la cabeza y la colocaran al extremo de una pértiga de hierro, en una de las puertas del Templo, lo mismo que al primero, a la vista de todos los obreros, y su cuerpo fue arrojado al muladar para servir de pasto a los animales. Salomón recompensó al punto al desconocido y le envió satisfecho a su país, esperando que se descubriera al tercer traidor.
LEYENDA CUARTA
Los nueve últimos maestros desesperaban ya de encontrar al tercer traidor, cuando al vigésimo día de su marcha se hallaron perdidos en una selva del Líbano y obligados a franquear varios sitios peligrosos, se vieron forzados a pasar allí la noche, eligiendo para ellos sitios cómodos para guarecerse de las bestias feroces que poblaban aquellos desiertos. Al día siguiente, al amanecer, uno de ellos fue a reconocer el sitio en que se encontraban, advirtiendo a lo lejos a un hombre armado de un hacha, que descansaba al pie de un peñasco. Era el traidor que buscaban, que habiéndose enterado de que sus cómplices estaban detenidos, huía al desierto para ocultarse; y viendo que uno de los maestros se dirigía hacia él, le reconoció por haberle visto en el Templo de Jerusalén. Entonces se levantó y salió a su encuentro, creyendo que nada debía temer de un hombre solo, pero observando de lejos a los ocho restantes que se acercaban a grandes pasos, huyó precipitadamente, lo que le descubrió como culpable e hizo sospechar a los maestros que
pudiera ser el traidor a quien buscaban, decidiéndoles a perseguirle. Al fin el traidor, fatigado por los obstáculos que franqueaba para salvarse, se vio obligado a esperarles a pie firme, resuelto a defenderse, prefiriendo morir antes que dejarse coger. Como estaba armado de hacha, amenazaba con no respetar a ninguno de ellos. Despreocupados de su temeridad, los maestros, armados con sus malletes se aproximaron a .él, invitándole a rendirse. Pero obstinado en defenderse luchó y se defendió con furor largo tiempo, sin poder herir a ninguno. Los maestros se limitaron a parar los golpes que les asestaba, porque no querían hacerle daño antes de conducirle a Jerusalén y presentarle vivo a Salomón. Para mejor conseguirlo, la mitad de ellos descansaba, mientras los otros combatían. Empezaba la noche cuando los maestros, temiendo que las tinieblas facilitaran la fuga del traidor, le atacaron todos unidos y se apoderaron de él en el momento en que intentaba precipitarse desde lo alto de una roca. Entonces le desarmaron, le ataron y le condujeron a Jerusalén, donde llegaron al vigésimo séptimo día de su partida, al fin de los trabajos cotidianos, en el momento en que Salomón y los maestros estaban en el santuario para elevar su plegaria al Eterno y recordar con pena a Hiram. Los maestros entraron y presentaron el traidor a Salomón, quien le interrogó; y como no podía justificarse, fue condenado a que le abrieran el vientre y sacaran las entrañas, tras cortarle la cabeza y arrojar el resto del cuerpo al fuego para ser reducido a cenizas, aventando éstas a los cuatro puntos cardinales. Su cabeza fue expuesta, como la de los otros dos, al extremo de una pértiga con la punta de hierro. Sus nombres estaban escritos sobre cada pértiga, con útiles parecidos a los que habían usado para su crimen. Los tres eran de la tribu de Judá; el más viejo se llamaba Sebal, el segundo Oterlut, y el tercero Stokin.
Las tres cabezas quedaron durante tres días expuestas a la vista de todos los obreros del Templo. Al tercer día. Salomón mandó encender una gran hoguera ante la entrada principal y arrojar en ella las tres cabezas, los útiles y los nombres, siendo todo quemado, hasta consumirse por completo. Las cenizas fueron lanzadas a los cuatro puntos cardinales. Terminado lo cual, Salomón dirigió los trabajos del Templo con asistencia de los maestros y todo siguió en paz.



